El pueblo ecuatoriano, Latinoamérica y el mundo observan atónitos el comportamiento poco ético y diplomático del presidente de Ecuador, Daniel Noboa, quien de forma arbitraria e injustificada decidió expulsar al embajador de Cuba y el personal diplomático de ese país, en complacencia con los designios de la Casa Blanca. Todo indica que tenía necesidad de congraciarse con Donald Trump, quien, a pesar de su manera singular de aproximar a sus socios, (con advertencias o chantajes) ha dado fehacientes muestras de desprecio hacia los latinos, y quienes acostumbran a rendirle pleitesía.
Ese vergonzoso accionar no ocurría en la región desde hace alrededor 50 años de relaciones bilaterales, incluso con presencia de administraciones de derecha en esa nación. El señor Noboa, al parecer quiere cautivar al representante de la Casa Blanca, Donald Trump, con esa barrabasada, antes de asistir al próximo encuentro con este, a celebrarse en Miami, con algunos otros dignatarios afines al Trumpismo, que también sus coterráneos, penosamente, han sido humillados por el actuar anti migrantes de Norteamérica, y su brazo represivo, el ICE.
Llama la atención como este mandatario determina ese gesto disparatado y poco amistoso con el país solidario de la región que durante décadas brindó su ayuda y colaboración en Salud y otras ramas del conocimiento a los más necesitados de esa nación, y a otras poblaciones del hemisferio.
Pero esa decisión nada tiene que ver con el cariño que la inmensa mayoría de ese pueblo manifiesta con la Isla, ciudadanos ecuatorianos alejados de los vicios de centros de poder y oligarquías nacionales, esas que privilegian sus intereses personales, en detrimento de sus compatriotas que representan los hombres y mujeres de bien, que cohabitan esa tierra ancestral.
Lamentablemente, hoy ese país vive uno de los mayores contextos de violencia y militarismo de su historia. Y la sumisión que se percibe del señor Noboa a intereses norteamericanos puede acarrear penosas consecuencias para ese pueblo que defiende su soberanía nacional, frente a la injerencia foránea.
Los cubanos con tradición de hospitalidad y solidaridad sienten cariño por ese pueblo al cual los unen lazos entrañables de amistad y colaboración, y a pesar de las muestras de malas intenciones de su gobierno, esos vínculos serán indestructibles, porque así lo han decidido los ecuatorianos y cubanos. Y no importan las monstruosas entrañas que encierra esa decisión de interrumpir años de apropiadas y beneficiosas relaciones bilaterales, porque la Patria Latinoamericana y Caribeña no volverá jamás, al abominable colonialismo de siglos pasados.
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