Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se ha impuesto en los Estados Unidos un régimen dictatorial y ofensivo el cual se manifiesta con la sistemática vulneración del derecho internacional y humano. Y a lo interno de ese país ha desplegado una brutal cruzada antinmigrante la cual es instrumentada de forma abusiva y criminal.

Sin reparo alguno viola leyes establecidas sobre piratería marítima, la administración Trump, de manera recurrente asalta y secuestra barcos con petróleo y transgrede, flagrantemente, la independencia de Venezuela invadiéndola y secuestrando, ilegalmente, al presidente Nicolás Maduro, mandatario de esa nación. Y en la actualidad sigue fomentando invasiones a otros países que acarrean muertes y destrucción, crímenes de lesa humanidad.

El accionar del gobierno de los Estados Unidos con respecto a Cuba logra record de deshumanización, priva a su pueblo de recursos básicos para la supervivencia, y a otras naciones de la región latinoamericana y el mundo, las intimida e impone sanciones y represalias, si estas no cumplen los designios dictados por Washington con un mandatario con ínfulas de “emperador”.

Resulta vergonzoso e inmoral, que una nación desarrollada del llamado Primer Mundo, la cual durante más de un siglo ha tratado de proyectar imagen de “democracia y respeto a los derechos humanos”, haya llegado al nivel de degradación de valores que representa recrudecer el injustificado asedio, bloqueo económico, comercial y financiero a la Isla, el cual, incluso, de manera oportunista fue incrementado en el contexto de pandemia de Covid 19. 

Y por si fuese poco la infamia, luego de más de sesenta años de instrumentada esa estrategia diabólica, (mayoritariamente repudiada por la comunidad internacional cada año en la Asamblea General de las Naciones Unidas), el señor presidente de EE. UU, Donald Trump, sin dudas muy mal asesorado también, por personajes con síndrome de odio y traumas como el señor Secretario de Estado, Marcos Rubio, intenta mayores presiones económicas y de asfixia contra el noble pueblo cubano que no agrede a nadie, y solo batalla por desarrollar su modelo económico con paz e independencia.

Precisamente, el señor Rubio sigue ofreciendo una historia mal contada como parte de su pérfida imaginación sobre la migración de su familia de Cuba, la cual no ocurrió con el triunfo de la Revolución, como ha expresado a sus aliados de la mafia miamense, sino antes de 1959, durante la dictadura sangrienta de Fulgencio Batista.

Los ciudadanos estadounidenses, mayoritariamente, muestran en las calles y por diferentes medios de comunicación y redes sociales la necesidad de cambios en la política de su gobierno, a lo interno y también en el ámbito internacional. Y la estrategia impúdica que se viene instrumentando contra la Mayor de las Antillas (y cual tiene record de ignominia extendida por décadas), es también demandado y precisa de transformarse en relaciones de buena vecindad y posibilidades de intercambios comerciales, científicos, culturales, deportivos, turísticos, entre muchas otras cooperaciones que podrían ser efectivas, en disimiles ramas del conocimiento.

Pero ello fuese posible, si estuviésemos en presencia de una administración en Washington más racional, pragmática, y menos arrogante, prepotente, y con asesores o funcionarios sin ceguera política. Entonces podrían alcanzarse beneficios mutuamente ventajosos para ambos países, siempre de igual a igual, es decir, de respeto a la autodeterminación y soberanía de Cuba, independientemente de sistemas y formas de pensar, diferentes. Y está demostrado, con fehacientes ejemplos, que con voluntad política es posible, por cuanto en el mundo existen relaciones entre naciones con ideologías distintas, y contribuyen al desarrollo y avance de sus pueblos.

Sin embargo, para conquistar esa imprescindible coexistencia pacífica hay que erradicar la sed de expansionismo, las desmedidas ambiciones de poder, la psicosis de imponer bloqueos, sanciones, aumentos de aranceles excedidos, invasiones a otros países, etc., una serie de acciones injustificadas que vulneran derechos internacionales y humanos, y trabajar con las Naciones Unidas para salvar el orden internacional, y apostar entre todos sus miembros, a lograr un mundo mejor y más justo.

Es hora que la Casa Blanca levante de una vez por todas, el bloqueo a Cuba. No solo sería un acto de justicia, también de dignidad y humanidad. La comunidad de naciones adherida a la ONU, de seguro lo recibiría con beneplácito, y la cada vez más repudiada actitud inmoral de los EE. UU ante la Isla, tendría un destello de reivindicación ética, ante los ciudadanos cubanos, estadounidenses, y además del mundo.

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