El 25 de febrero de 1901, mientras el Comité de Asuntos Cubanos del senado norteamericano aprobaba la Enmienda Platt, se consumaba una afrenta contra la dignidad de un pueblo que había luchado durante treinta años por su independencia.
Aquella disposición que concedía a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en la isla y establecía la cesión de porciones de suelo cubano para estaciones navales, representaba la negación más brutal de los ideales por los que habían vertido su sangre tantos cubanos.
El anexionismo no venía esta vez como idea, sino como ley impuesta por la fuerza, con el artículo VII como su expresión más perdurable en la Base Naval de Guantánamo, vergüenza que aún lacera nuestra soberanía.
La respuesta del pueblo cubano fue inmediata y encendida. Manifestaciones airadas se sucedieron por toda la isla, porque nuestros mambises no habían sacrificado sus vidas para cambiar un amo por otro.
El rechazo a la Enmienda Platt constituyó la primera gran batalla del siglo XX por preservar la independencia concebida como "con todos y para el bien de todos".
La lucha no era solo contra un texto legal, sino contra una mentalidad que pretendía reducir la condición de República a una fórmula tutelada, traicionando el sueño de que los cubanos debían decidir con cabeza propia los destinos de la Isla.
Hoy, cuando nuevas formas de anexionismo intentan camuflarse bajo discursos de dependencia económica, colaboracionismo político o resignación cultural, el ejemplo de aquella generación que rechazó la Enmienda Platt nos convoca a la vigilia.
La soberanía no se negocia, el suelo patrio no se cede, y cualquier pensamiento que pretenda subordinar nuestra identidad a intereses foráneos merece el mismo rechazo histórico que mereció aquella enmienda infame.

(Tomado del perfil de facebook de roberto Morales Ojeda)
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