Transcurría el año 1871 y en la Isla se acrecentaba el ansias de libertad ante la Metrópoli, España, que entonces tenía subyugada la nación. Ello suscitaba una serie de manifestaciones y disturbios entre los llamados Cuerpos de Voluntarios serviles a los peninsulares y jóvenes estudiantes de la ciudad que apoyaban la causa independentista.

Entre los antecedentes más notorios de la época se ubican la masacre del Teatro Villanueva, y el del Café El Louvre, escenarios tradicionales de intelectuales, universitarios y profesionales lo cual representaba para los lacayos voluntarios y la Corona española una afrenta, desatándose una férrea represión en ambos lugares, con saldo de muertos y heridos.

En ese contexto, la Universidad constituía blanco de la persecución por parte de los colonialistas y sus marionetas que trataban por todos los medios intimidar para frenar los deseos de libertad de los criollos.

Ante esa compleja situación, el 23 de noviembre de 1871, un grupo de 45 estudiantes del primer curso de Medicina resultó acusado, injustamente, de rayar el cristal de la tumba del periodista español Gonzalo de Castañón Escarazo. Este señor era director del periódico anticubano La Voz de Cuba, quien había fallecido en Cayo Hueso el 31 de enero de 1870, luego de un enfrentamiento a tiros con un patriota cubano llamado Mateo Orozco, que salió en defensa de las mujeres de la emigración cubana degradadas públicamente por el señor Castañón, que las denominó públicamente, prostitutas.

Las autoridades españolas que exageraban cualquier hecho en el cual estuviese involucrada la juventud universitaria y con la anuencia del gobernador político de La Habana, demandan un Consejo de Guerra, el cual sanciona a unos y a otros dictamina absolución.

Pero los vasallos Voluntarios rechazaron enérgicamente ese dictamen, querían sangre, escarmientos, y lograron otro proceso jurídico con participación de capitanes del ejército español e igual número de Voluntarios.

Y luego de reiteradas manipulaciones, acusaciones infundadas e indignas y entreguista actitud del Cuerpo de Voluntarios de La Habana con la administración colonial, solicitaron la pena máxima, capital, para ocho estudiantes y penas de cárcel para otros.

El fusilamiento se ejecutó el 27 de noviembre de 1871, un vil asesinato que tuvo el rechazo del pueblo, pero a la vez fortaleció los anhelos de independencia.

El objetivo de los colonialistas y sus secuaces era impedir continuase aumentando la participación de los jóvenes en los proyectos emancipadores que se venían gestando, por lo cual aprovecharon el suceso con fines de venganza, escarmiento y manifiesto odio hacia los cubanos.

Ese crimen impactó y causó profundas huellas en la sociedad y especialmente en la juventud. Los estudiantes cubanos cada año rinden merecido tributo a sus compañeros, víctimas de un sistema colonial que potenció las desigualdades y el racismo en el país, hasta consumar crímenes de lesa humanidad como ese.

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