Cuba cuenta con múltiples cementerios a lo largo y ancho del territorio. Sin embargo, el bautizado como Necrópolis de Colón es de los más reconocidos nacional e internacionalmente.

Según estudios e investigaciones históricas este cementerio declarado Monumento Nacional tiene como antecedentes a su creación, el anterior de Espada que con el transcurso del tiempo resultó insuficiente. Y para el 1854 los habaneros requerían de otro con posibilidades para crecer.

Ante esa situación fue preciso buscar otros terrenos para un nuevo camposanto, y a pesar de contradicciones de la época entre la iglesia y el ayuntamiento con relación a este propósito, se dispuso -a través de concurso- en 1870, aprobar el proyecto del arquitecto español Calixto de Loira al cual designan en 1871, director ejecutivo de su construcción.

Se concibió entonces con unas 56 Ha y considerables complejidades en su diseño, pero no obstante resultó trascendente por su impactante iconografía religiosa y las esculturas de mármol que lo caracterizarían.

Por sus valores artísticos y arquitectónicos este cementerio habanero fue considerado la muestra más amplia y meritoria del arte funerario en la Isla, y en orden de importancia, la tercera necrópolis del mundo.

Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera

El proyecto original incluía un monumento a la memoria de Cristóbal Colón donde se depositarían las supuestas cenizas del descubridor, conservadas hasta entonces en la Catedral de La Habana, pero ello requería de la aprobación del Ayuntamiento el cual aunque lo aceptó, tuvo en un primer momento morosidad para acometer el proyecto, dilatándose alrededor de unos cinco años su realización.

Ello se debía en los esencial, a contradicciones entre la jerarquía de la iglesia católica y el Ayuntamiento, la primera se oponía a que el poder civil tomara la iniciativa en la construcción del nuevo recinto mortuorio y lo controlara, lo que constituiría luego una importante entrada financiera, y tampoco querían ceder las reliquias del Almirante.

Avanzaba el año 1871 y la controversia en torno a la administración de la necrópolis no estaba resuelta, de ahí que el Consejo de Administración y Gobierno de Madrid, instancia superior a la que apeló el Ayuntamiento habanero, decidieran fallar a favor de la Iglesia.

Entonces la Real Orden dictaminada por España reconocía el derecho del obispado, pero al mismo tiempo indicaba la necesidad de ponerse de acuerdo con las autoridades civiles para la elección del lugar, y precisar las cuestiones sanitarias del proyecto. Será en octubre de ese propio año que se iniciarán las acciones de la Necrópolis de Colón.

Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera

Sin embargo, el sepulcro-monumento previsto al Descubridor de América e incluido en el proyecto, y que asumiría conservar sus cenizas, no llegó a acometerse. Y para el 3 de noviembre de 1878, el capitán general entonces en la Isla, Arsenio Martínez Campos, ordenó el cierre definitivo del anterior cementerio de Espada, luego de haber asimilado 314 144 entierros, y no poder sostenerse más.

Según estudiosos del tema se dice también que la Metrópoli española, al cesar su soberanía sobre la Mayor de las Antillas en 1898, sacó de Cuba las controvertidas reliquias que se mantenían en la Catedral habanera. Igualmente, según especialistas, el arquitecto Loira dividió el cementerio en zonas bien definidas y jerárquicamente separadas, llevando entonces al nuevo camposanto las diferencias clasistas de la acrópolis.

Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera

Con el triunfo de la Revolución, el 4 de agosto de 1961 se decidió la intervención del cementerio, y fue declarado gratuito el utilizar las parcelas de enterramiento, a la vez que se mantuvieron las ceremonias religiosas tradicionales.

La Necrópolis es considerada un museo a cielo abierto, y la Oficina del Historiador de la Ciudad ha efectuado trabajos de restauración y protección de su arquitectura, esculturas, panteones, capillas, y pavimentación de arterias fundamentales, entre otros elementos que lo integran, y hacen de este un lugar, aunque impactante, interesante para sus visitantes ávidos de conocer su historia, y peculiar complejo arquitectónico.

Aquellos que cada año deciden transitar por su interior, les llama la atención la imagen de su portada monumental, así como las leyendas que en él se han suscitado, también las pinturas de Miguel Melero en la capilla central. Y resulta de interés de las personas conocer el panteón de los emigrados con los restos de los padres de Martí, el Panteón de los Veteranos que data de 1946 con cuatro bellísimos bajorrelieves, obra de Juan José Sicre y cuales representan la muerte de Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo.
Impresiona además por su estructura la tumba del cardenal Manuel Arteaga, primer príncipe de la Iglesia católica cubana. Y de igual manera sus visitantes constatan extraordinarias esculturas, imágenes religiosas, y otras obras de gran valor patrimonial.

Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera

En los recorridos por el camposanto habanero llama la atención además, la tumba del héroe independentista Máximo Gómez que posee un rostro de bronce en el medallón circular, está también el Monumento a los Bomberos que data de 1890, la tumba del reconocido novelista Alejo Carpentier, y el científico Carlos Finlay. Y una de las capillas más visitadas es la de Amelia Goyre de la Hoz, conocida popularmente como La Milagrosa.

Y en un sitial de honor del cementerio se ubican los mártires de la Patria y veteranos de las guerras de independencia que cuentan con el tributo imperecedero de su pueblo.

Los trabajadores que cotidianamente laboran con empeño por preservar su afanada estructura e integridad de su conjunto arquitectónico tienen el respeto y gratitud de sus compatriotas al salvaguardar esta Necrópolis, símbolo de sensibilidad, humanismo y emotividad, sentimientos que invaden a todos los que a allí acuden, es además parte indisoluble de la historia de Cuba, un Monumento Nacional.

Ver además:

La Rampa habanera