El lanzador de Industriales Remberto Barreto trabaja desde el silencio, como si cada pitcheo fuera una conversación íntima con el destino. Desde los diamantes italianos, lejos del bullicio del Estadio Latinoamericano, afina una versión más madura de sí mismo, mientras sostiene un anhelo que no cabe en estadísticas: vestir, por primera vez, el uniforme de las cuatro letras.

En la Serie A Silver del béisbol italiano, con los Atléticos de Bologna, el derecho capitalino impone respeto. Su efectividad de 1.77 lo ubica entre los seis mejores del torneo, mientras sus 93 ponches lo colocan en la élite de los ponchadores. Ha firmado cinco victorias con apenas una derrota en 66 entradas de labor, donde ha permitido solo 13 carreras limpias. Sus rivales apenas le batean para .207, y aunque ha concedido 20 bases por bolas, su dominio se sostiene sobre una recta que ya alcanza las 92 millas y, sobre todo, sobre una confianza que crece con cada salida.

El Bologna marcha cuarto (12-10), pero en el montículo, Barreto parece lanzar en otra dimensión: la de quien ha entendido el oficio y ha aprendido a administrarse, a competir, a resistir. Es la progresión natural de un pitcher que ha dejado atrás la impetuosidad para abrazar la inteligencia del juego.

Sin embargo, la historia no se escribe solo en Italia. En Cuba, Barreto ha construido su nombre a golpe de constancia. Seis Series Nacionales —cuatro con Industriales— avalan su recorrido. En la última campaña fue pieza clave para los azules: siete victorias, apenas tres derrotas y una efectividad de 3.14. En total, acumula 27 triunfos, 20 reveses, dos salvamentos y un promedio de carreras limpias de 4.31.

Pero hay un capítulo que lo marcó: la II Liga Élite (2023-2024). Allí, su brazo derecho se convirtió en referencia. Fue elegido mejor lanzador derecho del torneo, lideró en victorias (7) y WHIP (1.05), y cerró cuarto en promedio de carreras limpias (2.28). Fue, en esencia, el punto de inflexión que confirmó que estaba listo para más.

Ese “más” tiene nombre y fecha: Juegos Centroamericanos y del Caribe, Santo Domingo 2026.
“Nunca he estado en un equipo nacional. Me basta con integrar la preselección, el puesto me lo gano porque confío en mí”, confesó a Tribuna de La Habana. No es una frase hecha, es una declaración de principios. Barreto no pide espacio ni protagonismo: lo trabaja y lo construye.

Y en ese sueño hay otra voz, más profunda: la de su madre. Para ella, verlo con el uniforme de Cuba sería la realización de una historia que comenzó mucho antes de los estadios llenos, de los viajes, de los contratos avalados por la Federación Cubana de Béisbol.

Mientras tanto, la distancia pesa. Barreto sigue cada juego de Industriales desde la distancia. Los ve, los siente, los sufre. A veces —dice— la ansiedad lo traiciona y lo empuja mentalmente de regreso al montículo del Latino, como si aún pudiera pedir la bola en el momento decisivo.

Pero el béisbol, como la vida, es también espera.

Hoy, Remberto Barreto lanza en Europa, pule su repertorio y acumula argumentos. Cada entrada sin fisuras, cada ponche propinado y cada victoria construida con paciencia, es un mensaje silencioso hacia los decisores: está listo.

Porque hay sueños que no se anuncian: se lanzan, y Barreto, con su recta en ascenso y su convicción intacta, ya empezó a tirar el suyo directo a la zona de strike de Santo Domingo.

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