En Santo Domingo, donde el futuro del deporte regional ya asoma con los Juegos Centroamericanos y del Caribe en el horizonte, la selección cubana de tenis de mesa escribió una historia de resistencia, talento y dignidad competitiva.
Del 9 al 15 de abril, en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, la armada antillana se sostuvo, golpeó y respondió, como una pelota que se niega a morir en el borde de la mesa. El tercer lugar en el medallero general, con una plata y siete bronces, no es una cifra fría: es la evidencia de un equipo que, con escaso roce internacional en lo que va de año, supo aferrarse al podio con uñas, reflejos y carácter.
En ese lienzo de esfuerzo, un nombre brilló con luz propia: Estela Crespo. La villaclareña tejió una actuación que roza lo memorable, conquistando la medalla de plata en el individual femenino y sumando dos bronces adicionales —en el doble junto a Daniela Fonseca y como parte del equipo femenino—. Su desempeño no solo lideró la cosecha cubana, sino que confirmó su estatura dentro del panorama regional.
También alzó la voz, desde el silencio concentrado de la mesa, Adrián Pérez, quien firmó un meritorio bronce en el individual masculino, aportando equilibrio a una delegación que encontró en la diversidad de sus figuras una de sus principales fortalezas.
Las pruebas de dobles completaron el mosaico: Jorge Campos y Andy Pereira en el masculino; Rosalba Aguiar y Karla Pérez en el femenino; así como la dupla mixta de Fonseca y Campos, todos aportaron bronces que, más allá del metal, hablan de sincronía, entendimiento y nervio competitivo.
Por equipos, tanto la escuadra femenina como la masculina se instalaron entre las mejores del área, sellando sendas medallas de bronce que redondean una actuación sólida, equilibrada y, sobre todo, prometedora.
Porque si algo deja este torneo es una certeza: el tenis de mesa cubano sigue latiendo. Lo hace a pesar de la inactividad, de los contextos adversos, de la falta de fogueo internacional. Ocho veces subieron al podio, y en cada ascenso hubo algo más que un resultado: hubo orgullo, oficio y país.
El calendario no concede treguas. En el horizonte inmediato asoman el Campeonato Mundial por Equipos, el Panamericano de Lima y, como faro mayor, los propios Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2026, retos que exigirán más, pero que también encontrarán a un equipo que ya ha demostrado saber crecer.
Más allá de los números, Cuba salió de Santo Domingo con algo que no se mide en medallas: la convicción de que, incluso en silencio, sus raquetas siguen diciendo presente.
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