Cuba puso hoy punto final a su travesía en el VI Clásico Mundial de Béisbol al ceder 7-2 ante Canadá, un desenlace que dejó al estadio suspendido en un silencio espeso, cargado de preguntas y de sueños que no llegaron a florecer.
El equipo terminó tercero del grupo A, por detrás de Canadá y Puerto Rico, ambos con tres victorias y un revés, y por primera vez en la historia de estos torneos la selección antillana quedó fuera de los cuartos de final.
La despedida tuvo el sabor amargo de las oportunidades perdidas. En el último desafío, la defensa —históricamente orgullo del béisbol cubano— se resquebrajó en momentos claves, como una muralla antigua que cede justo cuando el enemigo aprieta, y ese temblor abrió grietas por donde se escapó el partido.
Tampoco funcionaron los cambios. El director Germán Mesa, presionado quizás por el clamor de una afición que pedía transformaciones urgentes tras la derrota ante Puerto Rico, sacrificó solidez defensiva en busca de un bateo que nunca llegó, y ese equilibrio roto terminó pasando factura.
La ofensiva, en general, caminó por el torneo como un barco sin viento. Los bateadores cubanos dejaron demasiados hombres en las bases y, en el partido decisivo, se hundieron bajo una lluvia de ponches —trece en total— que apagaron cualquier intento de rebelión.
Ni siquiera el cuarto bate Alfredo Despaigne, símbolo durante años del poder ofensivo de la isla, logró encender el motor del equipo, y su permanencia en ese puesto, pese a la baja producción, terminó siendo una apuesta que el torneo castigó.
Pero el béisbol, como la vida, no se mide solo por las derrotas, también por la manera de enfrentarlas.
Mesa, con carácter sereno y voz firme, logró unir a un grupo de peloteros que llegaron con dudas y presiones, y convertirlos en un equipo que creyó en sí mismo, aunque no todos lograran responder a esa confianza.
Antes del primer lanzamiento, muchos pronósticos pintaban un panorama oscuro para Cuba y algunos incluso dudaban de que pudiera ganar un solo partido en un grupo donde el talento parecía inclinar la balanza hacia otros uniformes.
Sin embargo, la selección antillana compitió. Su cuerpo de lanzadores, en líneas generales, sostuvo el pulso del equipo y respondió a las expectativas, y sobre el terreno se vio a un conjunto que estudió a sus rivales, que comprendió sus fortalezas y que, durante varios pasajes del torneo, jugó de tú a tú con selecciones superiores.
La clasificación automática para el próximo Clásico es una recompensa mínima, pero no despreciable, y más importante aún fue el respeto ganado, aunque no fue buena la imagen que dejaron en la despedida.
Porque, aun con limitaciones evidentes, Cuba se presentó con dignidad en un escenario donde otros equipos contaban con sus estrellas de las Grandes Ligas, mientras la isla, por las razones que sean, sigue sin poder reunir en un mismo uniforme a todos sus mejores talentos dispersos por el mundo.
Quizás por eso la sensación final no es solo tristeza, es también una especie de melancolía inconclusa.
Los aficionados se quedaron con la impresión de que algo estuvo a punto de ocurrir, de que el equipo caminó cerca de la puerta de los cuartos de final y que, por momentos, pareció capaz de empujarla.
No fue un desastre pero tampoco un triunfo, fue, más bien, una herida abierta que deja lecciones, porque el béisbol cubano, acostumbrado a las alturas de la gloria en tiempos pasados, sabe que incluso en la derrota hay semillas.
Y en este Clásico, entre errores, ponches y decisiones discutibles, también quedó una certeza: Cuba todavía pelea, todavía incomoda, todavía hace que sus rivales la miren con respeto y quizás esa sea la verdadera señal de que la historia, aunque hoy duela, todavía no ha terminado.

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