Hay derrotas que no terminan cuando cae el último out, se quedan suspendidas en el aire como una pelota elevada que nadie logra atrapar del todo. La caída de Industriales en la semifinal de la 64 Serie Nacional ante los Cocodrilos de Matanzas fue una de esas. Noticia vieja para muchos; herida reciente para otros, para mí, silencio obligado.

No estaba en el país, cumplía otras tareas, otros compromisos, pero seguí cada juego desde la distancia, como quien espía por la rendija de una puerta que no puede abrir. Vi los marcadores encenderse en la pantalla fría de un teléfono, escuché narraciones entrecortadas por la señal inestable e imaginé el rugido del Latinoamericano sin poder respirarlo.

No pude cronicar la derrota, tampoco la victoria de los yumurinos, que a la postre levantaron su segunda corona con el nombre de Matanzas cosido en el pecho. Ese aplauso, justo y merecido, me encontró lejos, con la libreta cerrada.

Y aunque nunca me han gustado los comentarios tardíos —porque el periodismo tiene algo de pan caliente y de urgencia—, llevaba esta crónica clavada en el alma como un puñal discreto. Había que escribirla, no por obligación profesional, sino por lealtad emocional.

Industriales perdió, duele escribirlo así, sin metáforas que suavicen el golpe. Perdió el pase a la final, la oportunidad de acortar una sequía que supera los tres lustros. Perdió, sobre todo, la posibilidad de ver a su gente celebrando en el Malecón con esa mezcla de orgullo y desahogo que solo conoce la capital cuando su equipo levanta la corona.

Pero reducir esta historia a un resultado sería traicionar su dimensión humana.

Imaginé la banca en silencio después del último juego, las taquillas abiertas como bocas mudas, un uniforme azul doblado con cuidado —todavía húmedo de sudor y esperanza— y me vino esa imagen de un guante guardado en el fondo del bulto, como si necesitara oscuridad para curar la derrota.

Hay peloteros que regresan a casa con la mirada baja, pero con los hijos esperándolos en la puerta; otros que se sientan en la sala y repiten mentalmente el turno al bate que pudo cambiarlo todo; alguno que no duerme, repasando lanzamientos como si el insomnio fuera una sesión extra de entrenamiento.

El béisbol, a este nivel, no es solo espectáculo: es familia, sacrificio, es la madre que reza en silencio en el Cerro, el padre que escucha el juego por radio en un balcón de Centro Habana, la novia que aprende a medir el amor en entradas completas. Cada derrota colectiva es también un pequeño derrumbe íntimo.

Y sin embargo, hay algo en Industriales que no se rinde del todo. Quizá porque su historia pesa, porque es el equipo más seguido —y también el más odiado, en el sentido más deportivo de la palabra— del país. Un torneo sin los Leones perdería parte de su épica, como una novela sin antagonista o un estadio sin gradas.

Esta vez no hubo final azul, pero hubo carácter, jóvenes que crecieron a golpes de presión, veteranos que asumieron la responsabilidad sin esconderse. Hubo, incluso en la caída, señales de continuidad: la clasificación a la venidera Liga Élite, que garantiza que este equipo seguirá en el centro del diamante nacional, respirando béisbol, puliendo talentos y alimentando sueños. Porque el futuro también se construye en las derrotas, aunque la fanaticada este harta de escuchar esas palabras.

Algunos de estos muchachos vestirán pronto el uniforme de las cuatro letras gloriosas: CUBA. Y debajo de ese rojo intenso, debajo del blanco impoluto, seguirá latiendo el azul. Ese azul que no se ve, pero que acompaña, que se formó en entrenamientos bajo el sol del Latino, en tardes tensas de playoff, en victorias sufridas y en derrotas que enseñan.

No escribí a tiempo sobre la caída. Tampoco celebré en papel la consagración de Matanzas, mi tierra de nacimiento, que merece su página aparte y su homenaje sin interferencias. Esa historia la contaré después, con la serenidad que exige el reconocimiento justo.

Hoy escribo para los Leones, para el lanzador que miró al cielo antes de entregar la pelota, para el inicialista que se quedó unos segundos más en el terreno, como si quisiera memorizar el olor del césped.

Escribo para el director que enfrentó preguntas incómodas con la dignidad del que sabe que el béisbol no siempre recompensa el esfuerzo inmediato y para la afición que soñó con romper la sequía y terminó aplaudiendo, aun con el corazón hecho astillas.

Hay derrotas que son estaciones de paso y esta puede ser una de ellas.

Cierro los ojos y veo una escena final, como en un guion cinematográfico: el estadio vacío, la tarde cayendo, el terreno en penumbra. En el centro, casi imperceptible, un rugido que no es sonido sino promesa, un rugido que seguirá esperando su momento para estremecer toda La Habana.

Industriales cayó, pero los Leones no se extinguen por una semifinal perdida. Se repliegan, aprenden, afianzan la melena, y cuando vuelvan —porque siempre vuelven—, el país entero, incluso quienes desean su derrota, sabrá que el béisbol cubano recupera una parte esencial de su leyenda. Nos vemos en el estadio.

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