Ellos llevan un estandarte tan azul y sus letras tan góticas que enamoran. Juegan como cualquier otro, pero los focos mediáticos los iluminan con tal intensidad que resaltan sus vuelacercas, sus atrapadas… y también sus pifias.
Para colmo, son Leones: reyes esteparios o de la selva, según quien prefiera darle un toque más novelesco a su historia. Ahora mismo marchan en el grupo de vanguardia de la 64 Serie Nacional de Béisbol, y no hay dioses beisboleros vengativos ni bromistas que puedan, a estas alturas, dinamitar su camino hacia la postemporada.
Su nombre es Industriales, el más antiguo, el que —permítanme recordarlo otra vez— más títulos atesora en sus vitrinas, el que lleva tras de sí a una multitud que aplaude o lanza piedras como a un Cristo redentor.
Han sufrido bajas, tormentas de arena y mar, pero ahí están, acariciando ya, cuando restan aún una veintena de partidos para concluir la fase clasificatoria, el boleto a la siguiente instancia.
Al timón se encuentra un hombre que carga sobre sus hombros, como una cruz de acero, el peso de no haber podido llevarlos a la conquista de una corona esquiva desde hace más de tres lustros.
Bonachón y sereno, inspira respeto y, para muchos, peca por su tranquilidad frente a victorias y derrotas, por no rugirle a los árbitros por cualquier nimiedad y por no poder evitar que su tropa pierda algunos “juegos chiquitos”.
Sin embargo, los felinos bajo su mando siempre están ahí, más allá de la línea roja donde solo los grandes llegan, peleando y olfateando trofeos hasta el último día de la campaña.
Esta semana tacharon a otro rival en los duelos particulares: las Avispas, que aunque disminuidas, con un pitcheo calamitoso y sin sus mayores bombarderos disponibles, siguen siendo Santiago, siempre Santiago.
Algunos capitalinos han tenido que salir al ruedo con secuelas de uno de esos virus con nombres raros que atacan nuestra geografía insular, con problemas familiares y otros demonios que podrían disminuir sus capacidades físicas, pero jamás su compromiso con el equipo.
Ellos representan a un conjunto que es parte de la historia de este juego y pieza clave de nuestro patrimonio. Cuando se visten con esa chamarreta que pesa como hierro, se transforman; es como entrar en la boca de Dios, en un mundo paralelo donde desaparecen las miserias humanas y revolotean las alegrías durante nueve capítulos.
Ahora vendrán nuevas batallas, una de ellas contra la jauría holguinera que ha sorprendido por su valor y que se aferra con los dientes al trono del campeonato. Una vez más se pondrán a prueba.
Industriales podrá —por fin— levantar un trofeo de campeón o morir en el intento, como tantas veces, pero no hay duda: este año ha despertado esperanzas entre los seguidores de fe inquebrantable, que nunca se cansan de caer a la arcilla y levantarse de nuevo, como este necio que les escribe.
Y así, mientras el sol cae sobre el diamante y las gradas laten al ritmo de su azul, Industriales sigue escribiendo su historia. Cada batazo, cada atrapada, cada resultado es un canto a la pasión y a la perseverancia. Nos vemos en el estadio.
Ver además:

![[impreso]](/file/ultimo/ultimaedicion.jpg?1764426524)