Siempre es un regalo en los tiempos que corren, detenerse a contemplar el arte de las puntas y los giros. Es un lujo que nos debemos. Bien supieron los padres fundadores del ballet en Cuba hacer de esta disciplina un fenómeno social, una pasión de pueblo que se instala en el alma de la nación antillana.
Hoy, décadas después, contamos con compañías que han perseguido ese sueño. En especial, el Ballet Nacional de Cuba, Patrimonio Cultural de la Nación, que bajo la dirección de Viengsay Valdés ha vuelto a demostrar, este fin de semana, la magia indiscutible de la danza.
Durante tres jornadas en la Sala Avellaneda, un variado repertorio antológico —bautizado con acierto como La magia de la danza— desplegó selecciones de los grandes clásicos en las versiones que llevan la firma indeleble de Alicia Alonso. Un viaje por Giselle, La bella durmiente del bosque, Cascanueces, Coppélia, Don Quijote y El lago de los cisnes, que sirvió para tomar el pulso a la compañía, en ese necesario equilibrio entre los más noveles y los consagrados.
Los primeros bailarines de la compañía —Viengsay Valdés, Anette Delgado, Dani Hernández, Yankiel Vázquez y Ányelo Montero— hicieron gala de su carisma escénico y madurez interpretativa. Fieles al legado de los padres fundadores del ballet cubano, todos asumieron diversos roles con la entrega y los requerimientos que cada uno demanda.
La bailarina principal Gabriela Druyet, asumiendo el Adagio del segundo acto de El lago de los cisnes junto a Ányelo Montero, ofreció quizás una de las sorpresas más gratas de la temporada: su regreso a escena. Su danza fue recibida con calidez, y su Odette resultó delicada, de un fraseo que respiró al ritmo musical con naturalidad y sentimiento.

Por su parte, figuras en ascenso como las solistas Laura Kamila y Alianed Moreno, esperadas atentamente por los espectadores, muestran en cada rol protagónico un desarrollo y entrega que ilusiona, aunque aún con márgenes para pulir que el tiempo y el oficio irán limando.


Ambas danzaron el pas de deux de Coppélia acompañadas por el primer bailarín Yankiel Vázquez y, con cualidades técnico-interpretativas diferentes, hicieron de cada función una experiencia distinta. Dos personalidades heterogéneas, dos maneras de entender la danza, unidas por una misma vocación y un amor inquebrantable por el escenario.

Fue un regalo poder apreciar a Anette Delgado y Dani Hernández en el Grand Pas de Deux del Acto III de La bella durmiente del bosque. Su danza fue contenida, con un equilibrio perfecto entre la técnica y el porte aristocrático que estos roles demandan. Tanto en las variaciones como en la coda, los presentes nos percatamos de su empeño y entrega por mantener vivo un legado, fieles a sus maestros, entre los que destacan la joya del Ballet Nacional de Cuba, Josefina Méndez, y el pedagogo y fundador de la compañía, Fernando Alonso.
Los jóvenes Carolina Estrada y Bertho Rivero asumieron también los roles protagónicos en el Grand Pas de Deux de La bella durmiente del bosque y en el Adagio del Acto II de El lago de los cisnes. En ambos, la pareja mostró esfuerzos por mantener la línea y el estilo que estas joyas reclaman. Sin embargo, la magia que demanda especialmente el Adagio de El lago… —ese "encuentro perfecto de pérdida en el bosque", como lo describiera una crítica inglesa— no alcanzó la temperatura emocional que este momento cimero provoca. Situación similar se vivió en La bella durmiente…, donde la corrección técnica no bastó para rozar la majestuosidad y el lirismo que el ballet imperial exige.

El en cierne Bertho Rivero acompañó con nobleza, en la tarde del domingo, a Viengsay Valdés en ese mismo fragmento del segundo acto del lago. En las semanas previas a las funciones, la prensa pudo observar cómo el joven bailarín recibía indicaciones de la propia directora de la compañía enseñándole cómo danzar en el ya mencionado adagio.
Sus cualidades, aún en formación, irán puliéndose mientras sea elegido para interpretar otros roles. No todos los bailarines jóvenes son escogidos para acompañar a primeras figuras de la compañía, y esa confianza depositada en él es ya un indicio de buen despunte.

Otras de las jóvenes figuras que subieron a escena el pasado fin de semana fue Carolina Fonseca, quien interpretó junto al solista Roque Salvador el pas de deux de Coppélia. Una joven de figura noble y carisma dulce danzó con oficio.

Ya va siendo más notoria esta integrante del cuerpo de baile, a quien vimos recientemente en la temporada de abril interpretando el ballet Muñecos, con coreografía de Alberto Méndez. Supo, además, resolver cualquier percance que surgiera en escena.
El sábado, Viengsay Valdés salió al escenario en Don Quijote junto a Dani Hernández, y fue una lección magistral de lo que significa ser primeros bailarines: presencia escénica y un dominio absoluto del personaje. El primer bailarín Hernández, director también de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso, danzó con la solvencia y el porte de quien pisa las tablas con la naturalidad de lo aprendido y lo vivido; su Basilio fue galán, de saltos generosos y seguros, el complemento perfecto para una noche memorable.

Valdés, por otra parte, se reencontraba con este pas de deux tras varios años sin bailarlo. Precisamente en este año se cumplen tres décadas de su debut como Kitri. Hoy, a los 49 años de edad, sigue siendo un referente para las nuevas generaciones.
En contraste, durante este pasado fin de semana, hubo momentos donde la expectativa quedó flotando. En el Cascanueces, interpretado por la corifeo Nadila Estrada y Alejandro Alderete, la función transitó con corrección, pero sin ese hálito de encantamiento, esa fluidez poética que el pas de deux reclama. Faltó la complicidad que hace del dúo una conversación y no una suma de pasos; se percibió, por momentos, cierta desconexión con el tempo musical, como si bailaran en órbitas paralelas. Los hemos visto juntos en Esmeralda, Corsario y Don Quijote, y aún siguen asombrando a los espectadores por su proyección como dúo.
En cuanto a Alderete en el rol de Espada, el torero de Don Quijote, conviene recordar que este personaje exige un derroche de carisma y uno de los caracteres con más temple de todo el ballet. Aunque no forma parte de la trama principal, su presencia en escena es fundamental para crear la atmósfera vibrante y apasionada del pueblo. Si bien el jefe de los toreros debe mostrar presencia de estrella y arrogancia, Alderete tiende a hiperbolizar al personaje, llenándolo de brusquedad y gestos densos, como en la palmada inicial o en las peripecias que desempeña con la capa. Su intercambio con Mercedes suele ser más brusco que galán. Siempre el exceso puede provocar que la atmósfera que el ballet reclama se desdibuje en el ruido.

El broche de las tres noches, con el final de Sinfonía de Gottschalk, fue la confirmación de esa escuela cubana que tan bien supieron forjar sus fundadores: síntesis de baile popular y técnica académica clásica, que se vivió, al menos desde la platea, con ritmo y cubanía a raudales. El cuerpo de baile y las primeras figuras contagiaron a un público que despidió las funciones en ovación cerrada.

En su versión integral, Sinfonía de Gottschalk recrea coreográficamente los dos movimientos —"La Noche" y "Fiesta criolla"— de la sinfonía Noche de los trópicos, obra creada entre 1858 y 1859 por el compositor y pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk. Con coreografía de Alicia Alonso, diseño de escenografía de Erick Grass y vestuario de Salvador Fernández, este ballet se representó por primera vez en su versión completa el 31 de octubre de 1990 en el Gran Teatro de La Habana "Alicia Alonso".
La magia de la danza logra tejer un hilo unificador entre estilos y edades. En una misma tarde, los bailarines —y muy especialmente el cuerpo de baile— transitaron por historias distintas, adaptando su cuerpo y porte a cada obra.
Y el pasado domingo, Día de las Madres, la función pudo ser el mayor regalo para esas mujeres que hicieron de La magia de la danza parte de su celebración. Un homenaje sentido también a las bailarinas madres de la compañía. Esa unidad de propósito, junto al respeto a los clásicos y versatilidad que distingue a la compañía, convierte a este espectáculo en una lección viva de coherencia estética y en un voto de fe por la escuela cubana.
Ver además:
La Compañía de Ballet Laura Alonso regresa con El Lago de los Cines

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