La danza no fue una elección, sino un legado que corrió por su sangre desde el principio. Su madre estudió en la Escuela Nacional de Ballet y su padre fue un excelente bailador de danza folclórica. Así, entre recomendaciones de profesores y amigos, Erick Solórzano siempre estuvo ligado al mundo de los bailes, en especial los populares y afrocubanos.
La energía era un río que llevaba por dentro, y encontró en la danza el cauce para domar su corriente. Sus inicios en el Grupo Asheré lo llevaron a obtener el segundo lugar en una competencia entre casas de cultura. Luego, con el proyecto Contratiempo, bailó por primera vez en un teatro.
Las tardes en Alamar tenían un propósito claro. Una vecina le habló de los talleres vocacionales del Ballet Lizt Alfonso. Cada día, su abuela lo acompañaba sin falta a sus clases de 7 a 8 de la noche en el Grupo Crisantemo, bajo la instrucción de la maestra Maciel.
Fue en esos talleres donde Erick descubrió la danza fusión, un estilo que unía la elegancia de los bailes españoles con los ritmos afrocubanos. Su progreso fue constante: pasó por el Ballet Infantil y Juvenil hasta integrar la Unidad Artística Docente, cantera principal de la compañía.
Allí perfeccionó su técnica gracias a maestros clave: Dora Sánchez en preparación física; Elena Delgado en ballet clásico; y la Premio Nacional de Danza 2014, Silvina Favars, en folclor. Tras un año de intensa preparación, una noticia escuchada por su abuelo en la radio lo llevaría a audicionar para la Academia de Acosta Danza.
Su audición fue, en realidad, su primera clase de técnica. Al no tener formación previa de nivel elemental en danza ni ballet, se hizo evidente su desventaja. Pero ni eso, ni la pandemia del COVID-19, le impidieron graduarse y pasar a formar parte de Acosta Danza Junior.
"De ahí me interesé por Malpaso, una compañía contemporánea dirigida por el bailarín y coreógrafo Osnel Delgado. Allí fui más consciente de mi físico como bailarín. También estuve en MiCompañía, bajo la batuta de Susana Pous, donde aprendí a desarrollar un personaje en escena y comprendí la importancia de tranmitir emociones", comentó Solórzano.

Así, Erick Solórzano forjó su camino fuera de los cauces tradicionales. Su educación no se construyó en aulas dedicadas exclusivamente al plié, sino en el terreno vivo donde se fusionaban la danza contemporánea, el folclor, las españolas y los bailes populares.
Llegar al BNC después de haber bailado en Acosta Danza Junior —una trayectoria que suele recorrerse al revés— demostraba que su talento era diferente: no era el producto de un molde, sino el fruto de una versatilidad única, conquistada fuera de la "canalita" tradicional.

Para quien ya había tocado las puertas del Ballet Nacional de Cuba preguntando por audiciones —y le habían dicho que no las estaban haciendo—, que luego lo invitaran a participar en el Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso supuso que era su momento, "el que siempre había esperado". En ese contexto, tuvo la oportunidad de estrenarse con El peso del instante, obra de Pontus Lidberg coreografiada especialmente para el BNC.

En esta compañía, fundada en 1948, ha interpretado diversos roles en clásicos como El lago de los cisnes (en la mazurca, como Mago Rogbart, campesino y en el Pas de Six), torero en Don Quijote, y la Danza Árabe en Cascanueces. También ha participado en montajes contemporáneos como Después del Diluvio, Espejo del Mundo y A fuego lento.
Sobre esta última pieza, opina que es "puro fuego". "En escena, desde que se abren las cortinas y se ven las cuatro parejas danzando al son de una música que transmite misterio, acompañado con luces rojas que ambientan perfectamente el escenario, destaca la sensualidad que emana la obra". En esta obra, Solórzano intervino en cinco escenas intercaladas como solista.
—¿Para bailarla, busca una narrativa concreta o se deja llevar por las sensaciones que sugiere la música y la coreografía?
—Muchas veces me dejo guiar por la música y la coreografía, por las sensaciones que crean en mí, pero en este caso todo empasta perfectamente con la narrativa de la obra. Siguiendo esa misma línea, esta pieza también permite cierta improvisación en la ambientación escénica, sin alejarse de lo carnal.

—Pasemos a Espejo del mundo. El título sugiere una intensidad contenida. ¿Qué puede revelarnos sobre el carácter de esta pieza y cómo contrasta con la anterior? ¿Qué desafíos técnicos o expresivos presenta?
—Esta pieza la viví desde el inicio: cuando empiezo a bailar para contar algo que me hace daño y nadie me hace caso o se interesa por mí. Es un ambiente donde todos me dan la espalda, y simplemente me uno al grupo para hacer llegar mi voz. Pero en cada oportunidad que tengo, dejo saber mi opinión; me salgo de lo establecido. Aunque me hacen callar y se enfrentan a mí, grito de dolor en un último aliento, y es entonces cuando me prestan atención. Bailo desde una cruda realidad. En estas dos piezas hay una diferencia clara: una es más visceral, más sentida, más dramática; la otra, más erótica, más fuego.

Al trabajar con el coreógrafo David Jonathan, reconocido por su lenguaje contemporáneo, Erick Solórzano describe la experiencia como un proceso divertido y a la vez profundamente enriquecedor. Para él y sus compañeros, supuso adaptarse a una metodología distinta. Explica que Jonathan es un creador sumamente técnico, que exige precisión en cada gesto y busca alargar los movimientos al máximo. "Él nos ponía de ejemplo un chicle cuando se estira", comenta Solórzano, ilustrando la idea de llevar el cuerpo constantemente al límite.
Al referirse a la primera bailarina del BNC Sadaise Arencibia, a quien afectuosamente llama "Sadi", Solórzano no duda en definirla como una de las mayores exponentes de la danza en Cuba. Destaca de ella no solo una técnica avanzada, sino también su profunda capacidad interpretativa. "Te hacía sentir que ella era parte de esa historia que cuenta el ballet", comenta.

Explica que esa misma cualidad fue la que lo guio durante su trabajo, ya que Arencibia se desempeñó como asistente de montaje de Espejo del Mundo. Según Solórzano, ella lo ayudó a contar una historia convincente en la pieza, compartiendo sus experiencias para enriquecer su interpretación. Valora especialmente que siempre tenía un comentario positivo y una observación nueva que les permitía mejorar continuamente.
Sobre la maître del Ballet Nacional de Cuba, Consuelo Domínguez, confiesa que su primera clase con ella lo llenó de cierto temor. "Es muy enérgica y precisa", recuerda. En ese momento, él acababa de ingresar a la compañía y llevaba tiempo sin enfrentarse a una disciplina tan rigurosa. Sin embargo, destaca que la maestra fue paciente y respetuosa con él, corrigiéndolo cada vez que olvidaba la técnica de algún paso o improvisaba movimientos.

Solórzano expresa una profunda gratitud hacia Domínguez, ya que fue ella quien lo preparó para Ballet 101, exigiéndole siempre más, pero con evidente cariño. "Realmente fueron muy intensos los ensayos, ya que esta pieza demanda mucha resistencia y buena técnica".
Con la próxima edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso en el horizonte —un ciclo que marca el ritmo de su carrera desde que se incorporó a la compañía en la cita anterior—, Erick Solórzano mira al futuro con determinación. Sus expectativas son claras: anhela seguir superándose dentro de la compañía y buscar el desafío artístico de trabajar con nuevos coreógrafos.
Más allá de sus aspiraciones personales, el joven de 23 años percibe el festival como un crucial hervidero de intercambios. Cree firmemente que la danza cubana tiene algo único que ofrecer al mundo: "nuestra técnica, cubanía y sabrosura". Al mismo tiempo, valora esta ventana como una oportunidad vital para absorber los estilos y las formas más actuales de movimiento de los artistas internacionales.
Con la mira puesta en el próximo año, su meta es alcanzar la categoría de solista en el Ballet Nacional de Cuba y continuar representando a la compañía en los teatros más importantes del mundo.

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