La revolución no es una etapa, es la esencia misma de nuestra soberanía conquistada con el alma y el acero de la dignidad. Pretender quebrarla desde dentro o cercenarla desde fuera no es un acto de cambio, sino un retroceso vergonzoso hacia aquellos días en que apenas éramos un apéndice dócil de potencias extranjeras, una neocolonia sin voz ni voluntad.

Salir de aquella condición no fue un capricho, sino una necesidad histórica que se escribió con la tinta roja de la sangre derramada por mambises y por toda una generación que supo decir "Patria o Muerte" sin titubeos. Cada intento de desestabilización es, por tanto, un insulto a la memoria de aquellos que nos legaron la libertad a costa de su propia existencia.

Por eso, nuestra historia no es un adorno académico, sino un faro que ilumina el camino y nos advierte de los abismos. Estudiar el ayer nos permite comprender el valor inmenso de estar unidos, de tejer redes de solidaridad que ninguna tormenta puede romper, y de reconocer con claridad meridiana quiénes son los verdaderos enemigos: aquellos que, bajo máscaras de falsa modernidad, anhelan vernos arrodillados y fragmentados.

(Tomado del Facebook de Roberto Morales Ojeda)