El Primero de Mayo en Cuba demostró, fehacientemente, el apoyo contundente y mayoritario de su pueblo a la defensa de su Patria y el derecho del pueblo a la paz, el desarrollo y la vida, con soberanía nacional.
Y ante esa realidad de determinación de los cubanos a sustentar su autodeterminación como país independiente, el presidente de un país grande, potencia del Primer Mundo, el señor Donald Trump, presidente de Estados Unidos, empaña sin reparo alguno la imagen tradicional de democracia y autoproclamado “paladín de derechos humanos”, degradando más a Goliat ante David, al declarar más medidas de asfixia económica y financiera contra la digna nación caribeña.
Trump demuestra, además, su total desconocimiento de la naturaleza, cultura, historia y esencia patriótica de la Mayor de las Antillas con larga data de lucha frente a colonialistas, neocolonialistas y gobiernos sanguinarios y corruptos de turno de pasados siglos. Su incondicional y complaciente apoyo a grupos de poder, esencialmente en Miami, (que durante décadas vienen lucrando con el negocio contra la Isla) lo han convertido en un ciego en política sobre Cuba, solo ve y escucha lo que esos extremistas, odiadores y frustrados le exponen, sin ninguno de ellos representar, realmente, ni en lo más mínimo, al pueblo cubano.
Sus declaraciones contrarias a la paz y relación civilizada entre Washington y La Habana solo potencian repudio y desprecio por parte de millones de ciudadanos que residen en esta tierra con historia de lucha por su emancipación, ante tradicionales agresores.
¿Cómo respondería el pueblo estadounidense si un gobernante de cualquier país foráneo lo amenazara, chantajeara, bloqueara su vida y lo asediase, infamemente?
Sin dudas, sus patriotas, cristianos, amantes de la paz y su soberanía lo repudiarían y defenderían su bandera. Y ese es el sentimiento que hoy embarga a los cubanos que por encima de todo aman su Patria, su familia y a sus compatriotas.
Cuba mantiene relaciones armónicas con decenas de países independientes del mundo, y nadie, ningún dignatario extranjero que tiene que legislar para su país y no para ajenos, tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de otros pueblos, eso solo compete a los cubanos, esos que estudian, trabajan, se sacrifican y viven en su territorio, y jamás han interferido en las decisiones y políticas de otros gobiernos.
Señor Trump, respete al pueblo de Cuba, ese que, en condiciones muy complejas por su criminal e injustificado cerco y asedio, precisa de vivir en paz y determinar su estilo de desarrollo orientado a sostener conquistas sociales e impulsar la economía con diversidad de formas y estructuras económicas y comerciales. Y es usted el que limita la participación de los ciudadanos norteamericanos en inversiones e intercambios comerciales, transparentes y de igual a igual con la Isla.
La Mayor de las Antillas mantiene buenas relaciones y de respeto con cientos de países del mundo, con igual o diferente ideología y estrategias económicas, y siempre han logrado beneficios para las partes. Pero la ceguera y diabólica política de la Casa Blanca lo impide, a pesar de que sus ciudadanos verían con beneplácito mantener intercambios culturales, científicos, económicos, comerciales y hasta financieros de carácter bilateral y productivo para ambas partes.
Lamentablemente, todo indica que su profundo desconocimiento de la realidad en Cuba, y el muy malo asesoramiento sobre la Isla que al parecer tiene, lo lleva a un callejón sin salida que puede tener un final nada halagüeño para todos.
Esperemos que, como el ex dignatario Obama, ayer, se imponga la cordura, inteligencia y pragmatismo, aunque se sustenten formas de pensar y filosóficas distintas, pues la humanidad en pleno precisa de avanzadas ideas para el desarrollo, basadas en la paz, integraciones económicas y comerciales y particularmente, de respeto a la independencia de cada nación.
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