El círculo infantil Milko Palanzov, del Consejo Popular Armada Aldabó, en el capitalino municipio de Boyeros, celebra este día con la entrega y el amor de un colectivo que hace de la educación un acto cotidiano de resistencia y ternura.

Este 10 de abril se celebra el aniversario 65 de la fundación de los círculos infantiles en Cuba, una obra nacida en esta fecha de 1961 por iniciativa de Vilma Espín y Fidel Castro. Aquel día, tres círculos infantiles abrieron oficialmente sus puertas en los municipios Diez de Octubre, Arroyo Naranjo y Centro Habana, los que recibieron los nombres de Camilo Cienfuegos, Ciro Frías y Fulgencio Oroz, marcando el inicio de un proyecto profundamente humano: garantizar el cuidado, la educación y el bienestar de los más pequeños y, con ello, la tranquilidad de miles de madres trabajadoras.

En sus inicios, estos centros contaron con un personal integrado, en gran medida, por amas de casa y campesinas que llegaron a La Habana con el propósito de superarse. A partir de entonces se desarrolló un sostenido proceso de formación profesional que ha elevado la calidad del servicio. Hoy, la mayoría de las educadoras son universitarias, resultado del esfuerzo, la vocación y el compromiso con una labor tan sensible como imprescindible.

Foto: Maya Cuba

En esta jornada llegamos hasta el círculo infantil Milko Palanzov, donde el compromiso no se mide en palabras, sino en actos diarios. Aquí labora un colectivo que ama incansablemente su profesión, que convierte cada jornada en una batalla ganada frente a las dificultades. En medio de las complejidades que atraviesa el país, se garantiza la permanencia de los niños, porque para estos trabajadores no hay obstáculo que opaque su vocación.

La directora Marlene, junto a su equipo, ha hecho de la creatividad una herramienta indispensable. Ante la ausencia del gas licuado, surgen iniciativas que aseguran la alimentación de los infantes, demostrando que cuando hay voluntad, siempre hay caminos. En Milko, cada problema encuentra una solución tejida con ingenio, sacrificio y amor.

Hoy, en este espacio, cobra vida La Edad de Oro, en homenaje al Apóstol, a ese hombre que nos enseñó que los niños son la esperanza del mundo. Y esa esperanza se respira en cada rincón del centro, en cada risa, en cada mirada limpia.

Foto: Maya Cuba

Como imagen viva de esta realidad, aparece Liam Sánchez. Tiene apenas tres años, pero camina por el círculo como si fuera dueño de un gran castillo colectivo. Su madre, Yanislena Miranda, con una sonrisa que mezcla orgullo y gratitud, cuenta:

“Liam es feliz aquí. Le encanta venir, adora a sus ‘seños’. A veces no quiere irse cuando lo voy a buscar. Yo me siento tranquila, porque sé que está cuidado, querido… aquí lo ven como lo que es: un niño que merece todo”.

Liam y sus pequeños amigos ríen, saltan, juegan. En su universo no caben las preocupaciones del mundo adulto. Aún no comprenden que existe un bloqueo que intenta limitarlo todo, que hay fuerzas que actúan sin piedad. Pero en sus ojos no hay sombra: hay luz. Hay sueños. Hay futuro.

Hoy cantarán. Cantarán por ellos y también por aquellos que no pueden hacerlo, por los que han visto apagada su voz. Y en cada canción, en cada juego y en cada abrazo, se reafirma la esencia de estos espacios: proteger la infancia, defender la alegría, sembrar esperanza.

Porque mientras exista un lugar como Milko, donde el amor vence a la adversidad, Cuba seguirá apostando por sus niños. Y en ellos, inevitablemente, seguirá naciendo el mañana.

Otras informaciones:

Pensamiento crítico del Sur global se dará cita en La Habana durante el Coloquio Patria