El 1ro. de enero de 1959, al triunfar la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro hizo una importante advertencia al pueblo.
En su discurso en Santiago de Cuba decía: “La Revolución empieza ahora; la Revolución no será una tarea fácil; la Revolución será una empresa dura y llena de peligros”.

En el momento de la alegría, estaba planteando al pueblo que se abría un camino difícil y, acudiendo a la historia para mostrar las experiencias precedentes, recordó: “Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad a su término; no será como en el 95, que vinieron los americanos y se hicieron dueños del país; intervinieron a última hora (…) ¡Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas, esta vez sí es una revolución! (…)”.
Las medidas del Gobierno Revolucionario destinadas a recuperar las riquezas del país y a ponerlas al servicio del pueblo propinaron un golpe mortal a los intereses de los grandes monopolios norteamericanos, que durante más de medio siglo dominaron a la nación cubana.
La resuelta voluntad de las nuevas autoridades de actuar con plena independencia y de producir decisivos cambios económicos y sociales a favor de las grandes mayorías, constituyó el detonante que reactivó el histórico diferendo entre los dos países.
Como es conocido, la administración Eisenhower debió diseñar la política de enfrentamiento a la Revolución Cubana en todas sus variantes desde el inicio, para lo cual el objetivo era claro: destruir a la Revolución Cubana e impedir la aparición de una “segunda Cuba”.
En aras de lograr este objetivo, se trabajó en diferentes campos: diplomático, presión política, presión económica, fomento de la subversión interna, campo ideológico, en fin que se utilizaron todas las herramientas posibles para alcanzar la meta propuesta.
Entre los recursos utilizados por Estados Unidos estuvo la manipulación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en función de fomentar un frente continental hostil a la Cuba revolucionaria. El terreno para esta acción se preparó desde las acciones diplomáticas de presión en los países latinoamericanos, el anuncio del empréstito de 500 000 000 de dólares para el desarrollo económico exceptuando a Cuba, la disminución de la cuota azucarera a Cuba y su reparto parcial entre otros países del área, entre otros métodos para atraer el apoyo a su política.
En este contexto, se convocó la VII Conferencia de Cancilleres de la OEA en Costa Rica, en agosto de 1960 donde se aprobó la “Declaración de San José” que condenaba la intervención de una potencia extranjera en los asuntos hemisféricos. Era un primer triunfo parcial norteamericano, pues Estados Unidos tuvo que eliminar el nombre de Cuba del texto ante el rechazo que encontró, pero quedaba implícita la condena a Cuba, pues se hablaba de sus relaciones con potencias extracontinentales, especialmente la Unión Soviética, por lo que la condena a la intervención de una potencia extranjera tenía ese referente.
Cuando la OEA adoptó ese acuerdo, la dirección de la Revolución actuó en defensa del derecho soberano a tener relaciones con cualquier país del mundo; pero sobre todo era enfrentar este primer ataque, aunque se hubiera hecho de manera indirecta. La Asamblea general del pueblo de Cuba el 2 de septiembre de 1960 sería la respuesta masiva, cuando Fidel leyó lo que se denominó “Primera Declaración de La Habana”, que fue aprobada a mano alzada por el pueblo reunido en la Plaza de la Revolución José Martí. En el inicio del texto se establecía:
En nombre propio y recogiendo el sentir de los pueblos de nuestra América, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba:
PRIMERO: Condena en todos sus términos la denominada “Declaración de San José de Costa Rica”, documento dictado por el imperialismo norteamericano y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del Continente.
Estados Unidos insistiría en instrumentar una ofensiva a través de la OEA. John F. Kennedy, que asumió la presidencia en 1961, daría continuidad a esa política, lo que incluía la invasión mercenaria de abril. De hecho, en su discurso inaugural, el 20 de enero, ya se había referido a los “agentes comunistas” que tenían base en Cuba, a solo 90 millas de las costas de Estados Unidos, y planteaba que su objeción a Cuba era por la dominación de tiranías extranjeras y domésticas y que nunca se negociaría el dominio comunista en este hemisferio, para lo cual, decía, trabajarían con las repúblicas hermanas de la América libre. De manera que, desde su inauguración, ya dejaba sentada con claridad esta posición.
Como parte de la política diseñada, la nueva administración anunció el programa de la Alianza para el Progreso en el continente, con exclusión de Cuba, por supuesto, y el 14 de abril Kennedy envió a los miembros de la OEA la proposición para participar en el Consejo Interamericano Económico y Social con la finalidad de discutir ese programa. No era casual esa convocatoria: El 15 de abril se produjo el bombardeo a aeropuertos cubanos y el 17 de abril la invasión de mercenarios por Playa Girón al sur de Matanzas.
La derrota de la invasión en 68 horas fue un golpe muy fuerte para Kennedy y su equipo que planteaba la necesidad de cambiar esa imagen en lo inmediato.
La situación derivada de la victoria cubana en Girón condujo a tomar nuevas medidas, que resultaban importantes con vistas a las elecciones parciales de noviembre de 1962. Entre las acciones que se tomaron estuvo la convocatoria a la VIII Reunión de Consulta de Cancilleres de la OEA, en Punta del Este, Uruguay, en enero de 1962 por solicitud de Estados Unidos y Colombia.
La reunión de Punta del Este aprobó una resolución: “Exclusión del actual Gobierno de Cuba de su participación del Sistema Interamericano”, por 14 votos a favor, 1 en contra (Cuba) y 6 abstenciones (México, Chile, Argentina, Brasil, Ecuador y Bolivia). Se planteó entonces la “Incompatibilidad del Gobierno de Cuba con el sistema interamericano”, por tanto, Cuba fue expulsada de la OEA. Estados Unidos aspiraba a más, a sanciones colectivas, que no logró, pero sí alcanzó la expulsión. Ante este acuerdo, el pueblo de Cuba, una vez más, reaccionó en defensa de la Revolución.
El 4 de febrero de 1962 se celebró otra Asamblea General del Pueblo de Cuba. Allí Fidel de nuevo convocó al pueblo que aprobó la “Segunda Declaración de La Habana”. Este documento planteaba el objetivo que perseguía Estados Unidos con su actitud:
(…) ¿Qué explica racionalmente la conjura que reúne en el mismo propósito agresivo a la potencia imperialista más rica y poderosa del mundo contemporáneo y a las oligarquías de todo un continente (…) contra un pequeño pueblo de solo siete millones de habitantes (…)? Los une y los concita el miedo. No el miedo a la Revolución Cubana; el miedo a la revolución latinoamericana. (…).
Aplastando a la Revolución Cubana creen disipar el miedo que los atormenta., el fantasma de la revolución que los amenaza. (…).
El texto denuncia de entrenamiento a latinoamericanos por Estados Unidos para sembrar el terror, asesinar a dirigentes antiimperialistas, impedir el avance de la revolución continental y también el papel de la OEA como “ministerio de colonias”. Como parte de esta declaración se afirma: Porque esta gran humanidad ha dicho “¡Basta!” y ha echado a andar. Y su marcha, de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. (…).
Una vez más, el pueblo cubano, con Fidel al frente, salía en defensa de la Revolución frente a las agresiones del imperialismo estadounidense.
La respuesta de EE.UU. fue rápida y abusiva desde el primer momento. Las sanciones encaminadas a doblegar a la Revolución se sucedieron vertiginosamente. Pese a un bloqueo económico total, la concepción y preparación directas de planes subversivos, el amparo y financiamiento a organizaciones contrarrevolucionarias que propiciaron acciones terroristas como la explosión de un barco cargado de armas en el puerto de La Habana (1960) y de un avión civil en pleno vuelo (1976) no han logrado que la poderosa nación del Norte haya logrado recuperar su perdida hegemonía.
Los profundos cambios realizados por la Revoluciona Cubana estuvieron en la mira del gigante del norte. Los medios de comunicación y las élites políticas estadounidenses crearon narrativas sesgadas contra el pueblo cubano desde mucho antes de la Revolución, todo al servicio de los objetivos de la política exterior.
Durante la Segunda Guerra de Independencia de Cuba contra España, en 1895, la prensa dominante en Estados Unidos trabajó incesantemente para convencer a sus lectores de que los rebeldes eran completamente incapaces de autogobernarse, con argumentos basados en el temperamento, las deficiencias raciales y educativas. La única solución sería que Estados Unidos controlara la Isla, por el bien de sus ciudadanos.
La cobertura de los medios apoyó incondicionalmente dicha narrativa de que los cubanos eran incompetentes, y el Philadelphia Manufacturer informó en 1898:
Son indefensos, ociosos, de moralidad defectuosa y no están capacitados por naturaleza y experiencia para cumplir con las obligaciones de ciudadanía en una república grande y libre. Su falta de fuerza viril y autoestima queda demostrada por la indolencia con la que se han sometido durante tanto tiempo a la opresión española, e incluso sus intentos de rebelión han sido tan lamentablemente ineficaces que se han elevado poco por encima de la dignidad de la farsa. Investir a esos hombres con las responsabilidades de dirigir un autogobierno sería convocarlos para el desempeño de funciones para las que no tienen la menor capacidad.
No hubo una demostración más clara del desdén de Estados Unidos por los lugareños que la del corresponsal del New York Times, Stanhope Sams, quien informó después de que los españoles fueron derrotados en la batalla de Santiago en 1898: “No hay Cuba. No hay tal pueblo cubano. Aquí no hay hombres libres a quienes podamos entregar esta maravillosa isla. Hemos luchado por una república espectral… Si queremos salvar a Cuba, debemos mantenerla. Si se la dejamos a los cubanos, se la entregamos a un reino de terror”.
Cuando EE. UU. impuso una «república» de creación propia en la Isla que estableció la preeminencia de los intereses políticos y comerciales estadounidenses, los medios corporativos en ese momento informaron sin vergüenza cuán felices estaban los habitantes locales, independientemente de la verdad.
El resultado fue la hegemonía estadounidense. Esto se reveló en la aceptación forzosa de la Enmienda Platt, el marco legislativo que legalizó el predominio de Estados Unidos sobre la sociedad cubana, manteniendo la ficción de que los cubanos eran un pueblo fundamentalmente inadecuado, no digno ni capaz de autogobernarse.
La versión moderna de Platt es la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, que obviamente coloca el control del embargo en manos del Congreso. La Ley es simplemente una exigencia de entregar incondicionalmente la soberanía nacional como condición para poner fin al bloqueo. Dicha demanda recibe el beneplácito en esa instancia ya que Estados Unidos nunca ha respetado la capacidad del pueblo cubano para construir su propia sociedad sin la supervisión estadounidense. Es el colmo de una arrogancia paternalista. Es también una traición a sus propios principios fundamentales.
El gran constitucionalista estadounidense Thomas Jefferson dejó en claro que Estados Unidos no tiene derecho a interferir en los asuntos de otros países. “Toda nación tiene, por derecho natural, total y exclusivamente, toda la jurisdicción que legítimamente pueda ejercer en el territorio que ocupa”. Pero ese es un concepto olvidado hace mucho tiempo cuando se trata de Cuba.
Convencidos de la opinión de que los cubanos eran incompetentes sin capacidad para la autodeterminación, la prensa estadounidense y los políticos de los años 40 y 50 afirmaron que los lugareños deberían estar eternamente agradecidos por la benevolencia estadounidense. Y que los ciudadanos de la Isla no tenían la madurez suficiente para que Estados Unidos renunciara al control.
Tras las protestas de 1947, los periódicos citaron ampliamente al diplomático estadounidense Ellis Briggs: “Es hora de que Cuba crezca”.
La narrativa de que los cubanos eran niños continuó como un método de larga data para justificar la hostilidad contra la Revolución. Los medios describieron constantemente a Fidel Castro como un niño mimado. Era mucho más fácil denigrar al líder del movimiento y a sus partidarios que hacer un examen honesto de los argumentos de la Revolución.
Hasta el día de hoy, la hostilidad estadounidense, expresada en las políticas de cambio de régimen, constituye un síntoma de ese principio histórico de “los cubanos ineptos que necesitan ser salvados por la benevolencia estadounidense”.
Durante 60 años, Washington ha creído que, para lograr ese objetivo, estos “rebeldes obstinados” deben ser castigados (un reflejo de su falta de inteligencia y madurez) para que así destituyan a su gobierno. Para ocultar esa perspectiva racista y despectiva, Estados Unidos afirma constantemente que el embargo y otras políticas de cambio de régimen están dirigidas al gobierno. No es así; el daño siempre ha estado dirigido a los ciudadanos que apoyan a la Revolución.
Cuando triunfó la Revolución, Estados Unidos estaba bien afirmado en su oposición a una sociedad cubana independiente. Desde entonces, esa transformación social ha sido el pararrayos contra la agresión estadounidense.
La creación de atención médica universal, el establecimiento de la educación gratuita, el ofrecimiento de viviendas asequibles, trabajar por una sociedad que disminuya los prejuicios raciales y de género, todos han sido esfuerzos loables, especialmente para un país en desarrollo. Más aún para uno que está bajo el constante antagonismo de la nación más poderosa de la tierra, precisamente por implementar esos programas de justicia social.
La base fundamental de la Revolución siempre ha sido poner fin al control extranjero, establecer una verdadera independencia y lograr cambios sociales para el mejoramiento de todos sus ciudadanos. Aspiraciones loables que merecen elogios, no su destrucción.
Por lo tanto, la oposición de Estados Unidos a la Revolución no se basa en diferencias ideológicas, excusas transitorias de legalidad con respecto a cuestiones de propiedad o incluso críticas poco sinceras sobre los derechos civiles. Se fundamenta en la histórica oposición a la soberanía cubana, expresada en los falsos relatos de las insuficiencias de las personas que allí habitan, y la incredulidad de que exista una mayoría honesta e inteligente que apoye a sus líderes.

La política estadounidense es la arrogancia de los poderosos que no están dispuestos a respetar las decisiones de aquellos a quienes consideran inferiores. Es un eco de la narrativa de que el cubano es un niño, al que hay que reprimir hasta que acceda a la voluntad de sus padres.
De Eisenhower a Trump, pasando por Kennedy, Clinton y Obama, la política de Washington hacia Cuba ha sido un rosario de fracasos. El objetivo nunca cambió. El resultado tampoco: la resistencia del pueblo cubano sigue intacta.
Washington ha ejecutado contra Cuba: Actos terroristas contra la economía, la cultura y los servicios. Creación y financiamiento de bandas armadas en las montañas. Redes de espionaje al servicio de la CIA. Bloqueo Económico, Financiero y Comercial. Guerra biológica y Guerra mediática. Todos estos proyectos fracasaron.
Hoy, con Trump en la Casa Blanca y Marco Rubio como secretario de Estado, la política anticubana se reaviva. Rubio debe su carrera política a la mafia terrorista anticubana de Florida. Su proyecto es claro: Lograr un cambio de gobierno en Cuba. Imponer un gobierno que se pliegue a Washington. Devolver propiedades nacionalizadas y cambiar el sistema político y económico según la Ley Helms-Burton.
En enero pasado, Trump impuso un bloqueo petrolero que agrava la situación interna: salud, educación, transporte, agricultura, producción de alimentos, incluso la recreación. Todo para forzar una rendición.
Y ahora amenaza con una «toma de control» de Cuba, ya sea «amistosa o hostil». Repite que la Isla «caerá muy pronto» porque está «en ruinas». Lo que omite decir: las ruinas las ha construido EE.UU. con 67 años de bloqueo. Trump y Rubio no cuentan con la firmeza de principios de la mayoría del pueblo cubano. Cómo los hombres y mujeres de esta tierra están dispuestos a defender la soberanía e independencia al precio que sea necesario.
Si se lanzan a una ofensiva militar, no les será un paseo fácil. Lo pudieron comprobar en Venezuela con la valiente actitud de los 32 combatientes cubanos caídos en la nación sudamericana enfrentado la agresión yanqui.
El gobierno de Estados Unidos arrogante y prepotente, tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, activó medidas de «presión máxima». contra nuestra Patria. El 29 de enero se emitió la Orden Ejecutiva 14380, autorizando aranceles secundarios a cualquier nación que suministrara petróleo a Cuba.
De forma indigna e inmoral, sin ningún tipo de escrúpulos pretenden y anuncian planes para adueñarse del país, de sus recursos, de las propiedades y hasta de la misma economía que buscan asfixiar para rendirnos. Con una total desfachatez, el Presidente Donald Trump dice que espera tener ‘el honor de tomar Cuba ’durante su mandato.
“Creo realmente que tendré el honor de tomar Cuba, de alguna manera”, declaró a periodistas Trump en el Despacho Oval. “Quiero decir liberarla, o tomarla. Creo que puedo hacer lo que quiera, si quiere que le diga la verdad. Sería un gran honor”, explicó.
El gobierno de Estados Unidos siempre ha mostrado dolor, frustración, remordimiento y resentimiento hacia Cuba, precisamente por la Revolución triunfante el primero de enero de 1959 a 90 millas de sus costas. Y por el espíritu de resistencia de los hombres y mujeres de este pueblo frente a cada afrenta protagonizada por Washington.
Si el Imperialismo agrede a nuestra Patria, bajo la guía del espíritu inmortal del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, siempre con la convicción de Patria o Muerte, defenderemos la libertad y la independencia al precio de cualquier sacrificio.
Ante las nuevas amenazas imperialistas, nos acompañan las palabras pronunciadas por el inolvidable Comandante Camilo Cienfuegos Gorriaran, el 26 de octubre de 1959 en la terraza norte del antiguo Palacio Presidencial en La Habana:
“Para detener esta Revolución cubanísima, dijo, tiene que morir un pueblo entero y si eso llegara a pasar, serían una realidad los versos de Bonifacio Byrne:
Si deshecha en menudos pedazos/ se llega a ver mi bandera algún día, / nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía.
Que no piensen los enemigos de la Revolución que nos vamos a detener, (…) que vamos a ponernos de rodillas y que vamos a inclinar nuestra frente”.” De rodillas nos pondremos una vez, y una vez inclinaremos nuestras frentes, y será el día que lleguemos a la tierra cubana que guarda veinte mil cubanos, para decirles: ¡Hermanos, la Revolución está hecha, vuestra sangre no corrió en balde!”.
Empuñaremos las armas al estilo del Moncada, el desembarco del Granma, la Sierra Maestra, la lucha clandestina, Playa Giron, la Crisis de Octubre, las misiones internacionalistas y cuantas contiendas ha participado el pueblo cubano en defensa de la Revolución.

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