La Revolución cubana es, ante todo, una obra colmada de humanismo. Su grandeza no reside únicamente en la proeza de haber conquistado la soberanía en las narices del poder hegemónico, sino en su capacidad de convertir la solidaridad en política de Estado.
Desde las primeras campañas de alfabetización que llevaron la luz del conocimiento hasta los rincones más apartados de la sierra, hasta las gestas internacionalistas diversas, siempre en ayuda desinteresada de otros pueblos, la Revolución demostró que otro mundo no solo es necesario, sino posible.
Esa esencia profundamente humana, que privilegia la vida y la justicia social por encima del lucro y el individualismo, se convirtió en un espejo incómodo para el sistema imperante.
Es precisamente por ese carácter solidario y emancipador que el imperialismo no puede ni podrá perdonar a la Revolución cubana. Desde su naturaleza intrínsecamente egoísta, discriminatoria y dominante, el imperio comprende que el ejemplo cubano es un desafío viviente a su lógica de explotación.
Una isla rebelde que, a pesar del cerco y la adversidad, exporta médicos en lugar de bombas, y solidaridad en lugar de explotación, constituye una afrenta moral insoportable para quienes conciben el mundo como un tablero de dominación.
(Tomado del Facebook de Roberto Morales Ojeda)
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