Vivimos en la época con más canales de información de la historia, pero paradójicamente, también en la era donde la verdad se ha vuelto más esquiva. Nunca antes habíamos estado tan "acorralados" por las falacias.
Lo grave del asunto no es solo la existencia de la mentira —que ha acompañado siempre al poder—, sino la sofisticación con la que se disfraza. Hoy, gigantescos monopolios mediáticos, financiados por los principales centros de poder capitalista, han perfeccionado el arte de reducir la complejidad del mundo a un simple duelo de buenos contra malos. Ya sea para justificar una guerra, desinformar sobre un acontecimiento cualquira o demonizar a una nación, el guion es el mismo: repetición incesante, ausencia de matices y la eliminación sistemática de cualquier voz que no encaje en la narrativa impuesta.
Frente a esta maquinaria, el mayor peligro es la pasividad. Es peligrosa la facilidad con la que millones de personas, incluso aquellas con un alto nivel cultural, marchan "alineadas" repitiendo consignas como si fueran propias, sin ejercer el más mínimo sentido de la indagación. Es el mismo fenómeno que llevó a multitudes a creer en la existencia de armas de destrucción masiva en Irak o que hoy permite que se construyan relatos de odio contra Cuba y contra otros pueblos sin el más mínimo rigor histórico. Cuando permitimos que nos arrebaten la capacidad de dudar, de contrastar o simplemente de buscar otras fuentes, dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en simples piezas de una coreografía de manipulación.
Para Cuba, que ha sido blanco histórico de esta guerra de mentiras, entender este mecanismo es un acto de supervivencia.
(Tomado del perfil en Facebook de Roberto Morales Ojeda)
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