Marchamos otra vez. No por costumbre, sino por convicción. La Marcha de las Antorchas vuelve a tomar las calles como un gesto político vivo, como un acto de continuidad histórica que se rehúsa a ser ceremonial. Hay fuego en las manos y en las ideas. Ese fuego no adorna, convoca.
Vivimos una marcha centenaria. En 1953, cuando se cumplían cien años del nacimiento de José Martí, los jóvenes universitarios decidieron que el Apóstol no podía convertirse en estatua ni en consigna vacía. Salieron con antorchas para decir que Martí estaba vivo en la acción, en la rebeldía, en la urgencia de cambiar la historia. Hoy, en 2026, la escena se repite con otro nombre que también es símbolo y proyecto: Fidel Castro.
La juventud cubana no deja morir a su Comandante. No deja morir sus ideas. No permite que el pensamiento antiimperialista se archive como una pieza del siglo XX. Fidel vuelve a caminar en esta marcha porque su centenario no es una fecha para la nostalgia, sino para la reafirmación política. Las antorchas no miran al pasado, alumbran el camino que sigue.
Las llamas avanzan apretadas, cercanas unas a otras, como las personas que las sostienen. Hay sudor, hay cansancio, hay alegría tensa. El fuego calienta los brazos y el pecho; recuerda que la historia no se mueve sola, que hay que empujarla. No es un fuego simbólico y distante, es un fuego que quema un poco, que incomoda, que obliga a sostenerlo con firmeza.
El contexto importa. Estados Unidos vuelve a exhibir, sin pudor, sus viejas políticas de dominación. Amenaza la paz mundial y, de manera particular, la estabilidad de América Latina con su lógica de sanciones, bloqueos, injerencias y la idea persistente de la región como patio trasero. Frente a eso, el pensamiento de Fidel no es retórica: es herramienta. Y el de Martí también. Y el de Bolívar.
Por eso esta marcha no es solo cubana. Es latinoamericana. Es una respuesta colectiva a la prepotencia imperial, una afirmación de soberanía y dignidad. Las antorchas que se levantan hoy dialogan con las de ayer, pero también con las luchas actuales del continente. Hay una línea que no se ha roto: Martí, Bolívar, Fidel. Independencia, justicia social, antiimperialismo.
La Marcha de las Antorchas vuelve a demostrar que la juventud no está ausente ni desmovilizada. Está aquí, caminando, sosteniendo el fuego, haciendo suyo un legado que no se hereda pasivamente, sino que se defiende y se actualiza. No es una marcha para recordar: es una marcha para insistir.
Mientras avanzan las columnas, queda claro que el fuego no es decorado ni espectáculo. Es motor. Es energía colectiva. Es la forma más directa de decir que, a cien años de Martí y a cien años de Fidel, Cuba sigue decidiendo no dejar morir a sus referentes, ni sus ideas, ni su proyecto histórico. Y lo hace, como siempre, andando.











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