Las imágenes del ángel derribado por los vientos del huracán Melissa en el Santuario de Nuestra Señora de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, en octubre pasado, recorrieron el mundo y dejaron una tristeza profunda no solo entre quienes la veneran.
Más allá de creencias y fe, fue una herida al alma de la nación, a un símbolo intocable. Todo indica que los vientos de Melissa lo desbalancearon, perdió el equilibrio, cayó al piso y se partió.
Hoy, el ángel no son los pedazos que dejó Melissa, es un ángel resurrecto, no por voluntad divina, sino por pericia humana.
Los vitrales no son trozos de vidrio recogidos en una jaba, vuelven a ser imágenes capaces de transmitir luz.
SUCESOS
Giordano Sánchez, arquitecto y director de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH), recuerda los tensos momentos del paso del huracán Melissa, el 29 de octubre pasado. Entre las imágenes de tanta destrucción en el oriente del país, vio el ángel caído y se dijo: “esto es de nosotros” y así se lo compartió a la directora de la OHCH, Perla Rosales.

Fue una sucesión de hechos. En los días posteriores al ciclón, el escultor José Duverger Aliaga recibió una llamada telefónica. Era Giordano: `Mira la foto y dime si esto tiene salvación, si tú lo puedes hacer´. Le dije que sí, al momento: “tráelo para acá”.

Coincidieron en ese pensamiento también la Red de Oficinas del Historiador y el Conservador de las Ciudades Patrimoniales Cubanas y la Red de Escuelas Taller de Cuba. Y, sin decirlo, también Cuba.
En un encuentro de la red acordaron que la escuela de Santiago se ocuparía de los yesos y la OHCH restauraría el ángel y los vitrales.
“Cuando desde la dirección del país le preguntaron a la directora de la OHCH sobre el santuario, respondió: ya tenemos un equipo evaluando eso”, dijo Sánchez. Apenas se pudo viajar hacia Santiago de Cuba, un equipo de la oficina llegó al terreno para valorar los daños y las soluciones posibles.
En el transporte de regreso, trajeron parte de los vitrales, severamente dañados al paso de Melissa, pese a las estructuras creadas para su protección. El ángel llegó días después, en una rastra, enviado por el padre del Cobre, Rogelio Dean Puerta.
EL ÁNGEL
“Cuando llegamos al Cobre, el ángel estaba hecho pedazos, era increíble el deterioro, las manos, las alas, el cuerpo, la cabeza separada del cuerpo…”, comentó.

En el taller de Muralla 67, Duverger y su equipo integrado por escultores y maestro cantero: Andrés Carrillo, Carlos Cárdenas, Carlos Rojas, Alain Valdés, Octavio Aruca y Geraldo Ramos, lo recibieron.
Por su tamaño y por el material, mármol, se calcula que la pieza pese entre 450 y 500 kilogramos. Así que bajarla del transporte fue el primer reto. Una vez vencido, pasaron al lavado para evaluar su estado.
“Llegó en muy malas condiciones, lleno de tierra, estaba prácticamente negro”, recuerda Duverger. Eran ocho pedazos grandes y dos pequeños, pero “afortunadamente, lo que faltaban eran los dedos de la mano –remendadas con cemento-, y una zona del mentón y el cuello”, dijo el escultor.
Empezaron a armar el rompecabezas: primero el cuerpo sobre la base, después la restauración de las alas –compleja por su tamaño, peso y posición-, los brazos y la cabeza, anclados con pernos de fibra de vidrio, buscando resistencia y que a su vez no oxidara y manchara el mármol. “La parte más difícil fue pegar el cuerpo a la base, las dos piezas más grandes, hubo que levantar el cuerpo con la grúa y entre todos colocarla de manera que coincidieran milimétricamente”, sentenció.

Moldearon los dedos desde el principio, para sustituir los impostores de cemento que le pusieron en algún momento. El faltante del mentón y el cuello se reconstruyó con resina para mármol, aplicada en forma de estuco.
Al ángel le deparaban nuevos baños y hasta enrollarlo en papel sanitario para aplicarle compresas de bicarbonato, con rigor en la duración del tratamiento y con doble función: blanquear y neutralizar el ácido, aunque se trabajó con jabones neutros.
Según comentó Duverger, con el aporte de amigos pudo disponer de resinas específicas para exteriores, de manera que con el tiempo las uniones no se amarillenten a la intemperie.
Ya encerado y listo, al ángel del Santuario del Cobre se le hizo el huacal recomendado para su transportación hacia Santiago –cuando haya condiciones para hacerlo-, donde lo espera su jimagua, que llevará también una intervención con el fin de eliminar las partes de cemento y blanquearlo. A cada uno se le restituirán las cintas con las inscripciones: Ave María y Purísima.
“Las personas, desde la calle se interesaron. Una señora se acercó, dijo que era del Cobre y reconoció el ángel, que veía desde niña, por lo cual agradecía que lo hubiéramos rescatado”, comentaron con orgullo integrantes del equipo. Durante el proceso, no faltaron turistas que se interesaron por fotografiar la pieza, aun sin saber su historia y significado.
VITRALES
El Santuario del Cobre, fue inaugurado el 8 de septiembre de 1927, con 35 vitrales, parte de estos donados por la benefactora Rosalía Abreu. Hasta allí, junto a Sánchez, llegó Mirell Vázquez Montero, profesora de la escuela taller en la especialidad de vidriería y carpintería general, con amplios conocimientos sobre el tema. “La primera vez que los vi, en una foto, se me estrujó el corazón. Cuando veo un vitral roto, quiero llevarlo a casa, aunque no tenga el recurso, para ver cuándo aparece”, comentó.
“Estaban en una caja, hechos trizas. Prácticamente hubo que traerlos en jabas y reconstruirlos por imágenes y documentos que compartió la directora de la Oficina del Conservador de Santiago. Esa destrucción da el ímpetu de decir: los voy a volver a poner”, dijo.
La iglesia sufrió daños de consideración en su lado izquierdo. Melissa dejó roturas, fracturas y piezas perdidas, arrancó de raíz la carpintería, incluidos los vitrales, de la Capilla de las Promesas y en el acceso a la torre, de donde provienen ocho vitrales de la planta baja, cuyo rescate se encomendó a la escuela taller habanera.

“Empezamos haciendo una evaluación general de toda la estructura. Hacía apenas unos meses que vitraleros de Camagüey habían terminado de trabajar en ellos y Melissa se llevó unos cuantos. Hicimos varias reuniones entre la OHCH, la Oficina del Conservador de Santiago de Cuba y el párroco del santuario”, dijo.
”Los de la planta alta sufrieron el aire que entró por el medio de la iglesia hacia afuera. En un inicio pensamos que no tenían protección, sí, pero el golpe de viento fue combinado y todo depende de cómo reaccionan los vitrales cuando no hay vidrio de protección o está incorrectamente colocado”, dijo.
Parecen solo vidrios, pero es mucho más complejo. Según dijo, el acristalamiento de protección de un vitral se calcula, teniendo en cuenta dónde le da el aire, el sol, la cantidad de luz y cómo evitar la condensación.
Los paños miden entre 1.16 metros hasta dos, los vitrales completos, hasta más de dos metros. Contra el proceso de rescate conspiró incluso el chikungunya.
“Todo el mundo enfermó y han trabajado casi sin fuerza en las manos. Ha sido complejo: con los materiales, mandar a hacer las vigas, buscar tonos de vidrio los más parecidos a los que están, buscando el efecto visual. Un vitral es luz transmitida, no reflejada y que el efecto de la luz a través, sea lo más homogénea posible”, compartió.
“Más que una restauración, es una reconstrucción, tratando de ser lo más respetuosos posible, para llevar a feliz término la homogeneidad visual de la capilla”, sentenció la experta.

“Tenemos que reconstruir por completo los cuatro vitrales enteros, compuestos por dos paños casi todos, para la escalera del camarín y la Capilla de las Promesas. Reconstrucción es tener foto en mano y trabajar el diseño, porque llegaron casi con ningún vidrio sano. Las redes de plomo deben cambiarse completas, unido a todo el proceso de enmasillado y soldado para la colocación y el montaje de un vidrio de refuerzo”, detalló.
Trabajan junto a la profesora Mirell los graduados de más experiencia y alumnos de segundo año de vidriería, asumiendo las complejidades que entraña hacer un vitral: diseños, escalas, tamaño real y todo, antes de empezar a cortar los vidrios, para una vez montados, enmasillar, soldar por ambas caras y luego llevarlos a la lámpara de luz.
Para algunos, este será su trabajo de tesis. “Les permite llevar a la práctica los conocimientos que tienen de las clases, el reto es hacerlo contra tiempo y a mayor escala”.
“Aunque no son complejos, sí son muy grandes, muy laboriosos, porque las vigas son muy gordas y la inmensa mayoría de quienes trabajan son muchachas, a lo sumo, tres varones y cuesta levantarlos y moverlos, a veces entre tres, pero lo hacen solas y se acostumbran”, destacó.
Así, entre más experimentados y quienes aprenden, unen paso a paso los vidrios para rescatar imágenes de la iconografía de la iglesia.
EL SANTUARIO
El rescate del Cobre es una obra colectiva. A las acciones de la OHCH se suman las de la Oficina del Conservador y la Escuela Taller Ugo Luisi, de Santiago de Cuba, en coordinación con la Red de Escuelas Taller “para darles un alegrón a los vecinos del Cobre, con la reanimación de la iglesia de los desastres de Melissa”, respondió Osvaldo Pérez Bell, director del centro donde se enseñan los oficios de la restauración.
Según se acordó, a los profesores y estudiantes de la escuela santiaguera les correspondería asumir la albañilería y la yesería, también dañadas por el huracán. “Nos dedicamos a la confección de los moldes y la fundición de los balaustres del mirador del santuario, ya concluidos y ubicados en el lugar”.
A su vez, trabajaron en la reparación de una losa de hormigón armado que sufrió por la humedad y en la confección y fundición de otras piezas dañadas. Se valora si se intervendrán también áreas exteriores.
“Uno de los principios de la escuela es aprender haciendo y los muchachos, de primer año de albañilería, tienen mucho ímpetu y deseos de aprender y lo están haciendo muy bien”, dijo Pérez Bell.
Como el ave mitológica, el Santuario de la Patrona de Cuba, resurge desafiando a Melissa.
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