La prueba de fuego de la amistad es el tiempo: crece o se pierde. Conocí a Pepito en los años de la Universidad, hace medio siglo. Mi primer año era el último para él. Su grupo era de personas no tan jóvenes como nosotros; la generalidad de ellos tenía su familia constituida y habían llegado a los altos estudios a partir de la necesidad de sus órganos de prensa de que alcanzaran la calificación requerida. Todos ya tenían una historia. Los más jóvenes comenzábamos a construir la nuestra dentro del periodismo.

Pero lo más importante de conocer o no a una persona no es la complacencia, sino su concepto de ser humano. En su inmortal "Cuando un amigo se va", el desaparecido trovador argentino Alberto Cortez deja pautas de lo que significa la pérdida de un compañero. Pautas relativas, porque tienen que ver con algo tan subjetivo, y fuerte a la vez, como los sentimientos.

Con los amigos –los buenos amigos- solemos comportarnos como los hijos con los buenos padres: hablamos francamente, discutimos, nos decimos las verdades cara a cara y mirándonos a los ojos, y hasta nos distanciamos algunos días, rezongando rabias por los rincones… Pero siempre volvemos, porque ese buen amigo, como un buen familiar, nos hace falta.

Yo solía tocar a la puerta de la oficina de Pepe, siempre abierta para todos, y decirle: “¿Me puedes dedicar cinco minutos?”. Ya sabía que yo iba, como se dice popularmente, ‘volá’. “¿Y ahora qué, Negra?”, me preguntaba. Y esos cinco minutos podían convertirse en una hora de discusión, acalorada, fuerte… Él, defendiendo sus criterios, a veces acertados; otros, no tanto; y yo, los míos. Pero nos decíamos lo que pensábamos, solos, en el lugar adecuado; por algo que es de causa mayor: el respeto. Nuestra amistad –probada- tenía el sello distintivo del respeto mutuo.

Si no digo que era cascarrabias, y hasta caprichoso, sería una mentirosa, y estaría faltando al cariño que le profeso. Muchos en su generación son así, por las razones que sean. Pero al mismo tiempo estoy en el deber de asegurar que jamás dejó de ser un soldado incondicional a la Revolución.

(Tomado del perfil de Facebook de Irene Izquierdo Rivera)

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