El bullicio de la ciudad se cuela entre cada espacio de sus muros y su eco va contando la historia que guarda. Cinco siglos de personas entre sus calles, edificios monumentales y barrios marginales. A veces, cuando un lugar parece quedar para siempre olvidado, sepultado entre los escombros, aparece una figuración y vuelve a darle vida. En la ciudad, el arte florece en cada esquina, espontánea y desorganizadamente, expresión de su espíritu bohemio, de sus más guardados deseos, del alma de La Habana.

En pleno siglo XXI, sería casi imposible ignorar el grafiti como una forma de expresión cultural y popular de los pueblos y que hoy también forma parte del tejido urbano habanero.

Sin propósitos ocultos y con la intención de inmortalizar un nombre, dejar un mensaje, marcar territorio con una firma, o dibujar sobre muros que apenas se sostienen, nació el grafiti en los años 60 en la ciudad de Nueva York, influido por la música hip hop, el rap, el breakdance y las tribus urbanas.

De las calles marginales del Bronx se extendió rápidamente al ambiente bohemio del Soho, emparejándose con el arte contemporáneo, y de ahí a sitios urbanos por todo el mundo, incluida nuestra capital.

Al caminar por las calles de La Habana es fácil reconocer estos elementos que cubren edificios en ruinas (y otras construcciones), e invitan al espectador a reflexionar sobre las inquietudes del artista. Aunque surgió hace más de medio siglo, todavía no ha perdido la capacidad de sorprendernos y, en otros casos, suscitar polémicas, no solo en Cuba sino en el mundo entero.

Mural de la Calle San Isidro en el municipio de La Habana Vieja. Foto: Gilberto González García

Encrucijada

En Cuba, de manera explícita, el grafiti no está considerado como un delito. Sin embargo, pintar en espacios públicos puede ser un acto de maltrato a la propiedad social, por lo que esa manifestación popular se halla en una encrucijada desde el punto de vista legal.

Según la abogada Liset Mailen Imbert Milán, “un principio del Derecho dice que lo que no está prohibido, está permitido: cuando hay un vacío legal sobre algo, este último pasa a ser, técnicamente, no-ilegal”.

Yulier P., artista por vocación, durante varios años recibió información y clases de profesores de academia, aunque la mayor parte de sus conocimientos en esta rama los adquirió de forma autodidacta. Ejerció como pintor de estudio (de caballete), pero en el 2014 empezó a dibujar las calles.

Los personajes abstractos marcan la obra de Yulier P. Foto: Cortesía del entrevistado

“El grafiti es una tendencia nacida en los barrios marginales. Algunos lo usan como protesta, pero también surgió por una necesidad de la gente de dejar su marca mediante una firma. El fenómeno del arte urbano, que es otra cosa, comienza a partir de los años 90. Muchas manifestaciones del arte contemporáneo se empezaron a revelar desde el arte callejero y para ello utilizaban las paredes, el espacio performático de la calle”, explica.

“Estas dos tendencias se integran. Cuando la gente ve una obra de un artista urbano, cargada de conceptos más políticos y conceptuales provenientes del arte tradicional, lo asumen como grafiti. Y no es así, hay diferencias, pero en ocasiones los límites se difuminan”, define Yulier.

El grafiti es diferente del arte urbano, aunque puede clasificarse dentro de este. El primero se relaciona mucho con las tribus urbanas, quienes pertenecen a ellas quieren dejar su huella, sentirse parte de un grupo social, y muchas veces sus dibujos no tienen una intención artística.

En el arte urbano, por su parte, los creadores respetan sus espacios. Donde pinta uno, no lo hace otro. Su objetivo es dejar un mensaje, más allá de marcar un espacio individual. Está más comprometido con la lucha social, quiere dialogar con el público a partir de la realidad, de un problema, y para ello utiliza códigos diferentes a los del grafiti.

Yulier P. tiene más de 200 obras. Toda La Habana del Este está llena de sus trabajos; el Cerro, Centro Habana y El Vedado también acogen sus dibujos. Incluso, va más allá de los límites capitalinos y ha dejado su marca en paredes de Matanzas y Cienfuegos.

Obviamente, él no es el único que labora en esta manifestación. Entre sus colegas se halla “El Yolo”, quien comenzó en el 2011 a graficar la ciudad y hasta hoy la cifra de trabajos llega a casi 300.

Él pinta oculto, “no porque crea estar cometiendo un delito, sino porque no me dejarían hacerlo si me ven. Se enredaría todo en trámites burocráticos y se atascaría en muchas cosas, las cuales no son relevantes para la pieza de arte en sí”.

Graduado del Centro Experimental de Artes Visuales, “El Yolo” siente un gran compromiso con su quehacer: “Cuesta mucho trabajo que la gente, al menos a quienes quiero decir algo, vayan a una galería. Entonces les llevo la galería a ellos. Mi obra se dirige esencialmente a los trabajadores, a los obreros. Intento reflejar sus sentimientos, sus emociones. Por eso están situadas en lugares por donde ellos transitan, así resulta imposible no ser vistas y cumplen su objetivo”.

Annia Liz de Armas es licenciada en Historia del Arte y se ha vinculado con el arte urbano desde su trabajo en las galerías. Como parte del programa de estudio de su carrera, en la asignatura Arte 5, “nombraron el grafiti de forma muy escueta” y en Arte Cubano “no se mencionó siquiera” (…). “La academia y las instituciones que abogan por el arte en Cuba no parecen estar interesadas en el grafiti. Ha sido una manifestación bastante marginada y no ha tenido el apoyo que merece. Hoy todavía no se ve como una expresión artística, comenta y añade que la institución castiga el acto de pintar en plena calle; no creo que sea el muro en sí el problema. Aunque, si el grafiti pierde su esencia de protesta, su esencia pública, pierde su sentido”.

Yulier no puede vivir sin “grafitar”. Él duerme, sueña, come grafiti. Esa es su vida. Dicen que puede hacer un mural de 3 metros en menos de una hora. Hay que verlo trabajar, es como si estuviera poseído.

Sin embargo sabe que “sí existen actos vandálicos pues los espacios urbanos están abiertos a la intervención del público; hay quienes, con escritos o figuraciones, no aportan ninguna estética dentro del arte o la comunicación. Por ejemplo, muros en buen estado son dibujados y esto afecta el ornato público, pero hay personas que sí tienen un lenguaje artístico y ya deja de ser vandálico.

“No pinto un monumento pues este ya tiene su estética y si lo intervienes estás agrediéndolo. Es uno de los principios de los artistas urbanos. Siempre me han interesado los espacios destruidos para hacerlos dialogar con mis propuestas”.

Entonces existe una especie de código ético entre quienes conforman este gremio, en cuanto a lo que ellos consideran maltrato a la propiedad social o ajena.

El Yolo, por ejemplo, a la par de su compañero, no pinta a la ligera: “El lugar comprende muchas aristas que debe analizar un grafitero antes de elegirlo. No puedes salir a pintar lo que quieras donde quieras. Primero debe “funcionarle” a uno, estar acorde con el mensaje, saber que lo verán y le va a llegar a la gente y, además, no le haga daño al entorno: no vas a pintar en la puerta de un museo, ni en una pared hermosa de un edificio colonial. Pintas en una valla que pronto quitarán cuando terminen de construir, en un muro de un edificio destruido, un derrumbe abandonado…

“Quienes van por ahí y escriben o pintan en cualquier lado, lo mismo en monumentos, estatuas, fachadas arregladas o cabinas telefónicas, sus nombres o cualquier tontería, no son grafiteros, no son artistas. Eso sí es vandalismo”.

Sobre la legalidad o ilegalidad de esta expresión artística, el profesor de Derecho Penal de la Universidad de La Habana y abogado del bufete colectivo de 23 y E, Mario Rivero Errico, declaró: “No existe una ley o un decreto referido a la práctica del grafiti, aunque usualmente puede sostenerse en las contravenciones en materia de ordenamiento territorial y urbanismo recogidas en el Decreto No. 272, dado a conocer en el No. 2 extraordinario de la Gaceta Oficial de la República del 21 de febrero de 2001”, el cual establece medidas y multas en el caso de que se acometan infracciones contra el ornato público, mobiliario urbano en general y monumentos nacionales y locales.

A pesar de no haber sido establecidas precisamente para los grafitis, debido a las lagunas legales existentes, falta de especificación y explicación, las contravenciones resultan la vía más factible para intentar evitar esta práctica, en dependencia de la interpretación de la autoridad o funcionario encargado de aplicarlas.

“El grafiti, pese a no estar expresamente autorizado de manera legal, tampoco cuenta con normas regulatorias. Al mismo tiempo no es ilegal, no es un delito, y solo podría considerarse como una contravención si lo enmarcamos en los artículos antes citados”, añadió Rivero Errico.

Frida Granados, directora de la Galería y Taller Comunitario José Martí, asegura que el grafiti suele ser mal visto: “Los grafiteros se dedican a hacer críticas, pero muchas veces se convierten en un cáncer para la sociedad porque llenan los edificios de cualquier institución con sus dibujos. Un mural solo tiene una connotación positiva si está encaminado a embellecer un espacio ya destruido”.

La mayoría de las veces resulta muy complicado para los artistas urbanos conseguir permisos para la práctica de dibujos en un espacio público, lo cual, a la vez y en cierta medida, suprime la espontaneidad que implica la realización per se del grafiti.

Sin embargo, Granados afirma: “si quisiera pedir un espacio para realizar mi obra, estoy segura de que lo obtendría, porque quiero transmitir un mensaje positivo”.

El Yolo, por su parte, cree que “muchos artistas como los grafiteros, pintores, raperos, entre otros, solo vienen a jugar un papel real en la sociedad cuando la población entiende que los medios de comunicación tradicionales no están cumpliendo su verdadero objetivo, no expresan todos los intereses del pueblo. Entonces el artista debe sentirse con el compromiso de reflejar lo que dice todo el mundo pero que pocos se atreven a decir”.

En La Habana, a pesar de que los “metan a todos en el mismo saco”, hay mucha diversidad en la creación de estos artistas urbanos. El Zombi viene de la academia, la obra del Yolo es muy interesante, Fabián es pura espontaneidad. En el caso de este último, por pertenecer a una tribu, además de pintar grandes dibujos, también se dedica a divulgar su marca 2+2=5…

Resulta que Fabián López se halla entre los más conocidos en la ciudad. Su nombre pocos lo saben, pero su firma, nacida de una historia durante la adolescencia, la mayoría la conoce.

Con apenas 21 años y sin haber estudiado arte en una academia, Fabián ha dejado más de 200 grafitis por toda La Habana, acompañados de su inconfundible 2+2=5. En sus dibujos casi siempre encontramos la caricatura enmascarada del “Súper Malo”: “una persona que está escondida y quiere transmitir un mensaje, se cubre la cara con miedo de estar diciendo la verdad y muchos lo relacionan inmediatamente con la ilegalidad”, lo define su propio creador.

El “Super Malo”, personaje recurrente en la obra de Fabián. Foto: Cortesía del entrevistado

El trabajo de los grafiteros se mantiene en la sombra. El desconocimiento sobre el sentido real de su trabajo permanece. Se habla de actos vandálicos con más desenvoltura que de propósito artístico, cuando dejan de ser ignorados y protagonizan debates culturales.

Por muchas razones, La Habana es una de las ciudades más encantadoras y visitadas del Caribe. Muchos turistas y oriundos no saben que, más allá del Casco Histórico que los recibe y deslumbra, hay un “casco histérico” pidiendo auxilio por el deterioro de buena parte de sus construcciones. Las lluvias e inundaciones frecuentes, a la par del descuido de algunos espacios que cargan con bastantes años ya en sus estructuras, provocan la ruina de varias zonas de la capital, espacios que llaman la atención de los grafiteros a quienes interesa el arte urbano, con la intención de embellecer con sus obras los entornos destruidos.