Aquella dama intentaba reajustar su cuerpo a una estrecha pieza de tejido de punto en la cual, sobre un fondo azul celeste, las letras de un rojo encendido con las estrellas de una bandera lejana advertían: Sexy Girl y una diana acentuaba la destreza de las miradas en un punto al sur de su ombligo. 

La tendencia a “rejuvenecer”, desde el atuendo, casi siempre provoca un efecto contrario entre quienes pretenden exhibirse socialmente en el nivel más avanzado del último grito de la moda. Por supuesto, resulta más chocante cuando observamos personas ataviadas por los códigos de una seudocultura de fabricación estadounidense (para más señas) –condicionada por el mercado neoliberal– y cuyo propósito es vender determinados productos elaborados industrialmente u ofertar el servicio en especie, como señala el ejemplo del letrero arriba.

¿Cómo hacerle frente? Considero que la industria ligera cubana debe tener en cuenta las potencialidades de especialistas del diseño y modistas que tienen resultados con la incursión de propuestas más cercanas a nuestras raíces como nación, diversificadas para todos los gustos, grupos etarios y costos asequibles, en pasarelas dentro y fuera de la Isla.

De cierta forma los símbolos norteamericanos que aparecen en las prendas de vestir, en forma relumbrante y de bajo costo, tienen como propósito extender la publicidad de sus marcas con una fuerte carga ideológica pronorteamericana y enajenante. Lo primero debe entenderse como la fundamentación del llamado “sueño americano”, exponente de la “libertad” del esclavo a mantenerse cautivo de quien determina su inclusión o exclusión social y, como destino atrapar en sus mercados a quienes caen en la tela de araña. Lo segundo es obvio: pérdida de identidad y sometimiento a códigos foráneos.