Como si no hubiera sido uno de los protagonistas, relataba que un día su hijo llegó de la secundaria y le dijo, “papá, la maestra leyó un libro donde te nombraban y yo no sabía nada de eso”. Quedé perpleja. Él lo advirtió, sonrío y dijo “nunca hablo de eso en casa”. Ante mí, en su oficina, empequeñecía por dentro, ¿quién me iba decir cuando niña, que muchos años después estaría sentada ante un hombre que había hecho posible que viviéramos en plena paz ?

Sentía que los nervios en cualquier momento jugarían una mala pasada, que enmudecería, pero logré susurrar; aún tengo las imágenes nocturnas de los cañaverales incendiados por los contrarrevolucionarios en días previos al ataque. Recuerdo las caravanas de camiones llenos de milicianos con sus uniformes, pertenencias y fusiles. Y hoy me preocupa que queden anécdotas sin contar porque personas muy modestas sientan que solo actuaron por amor a la patria, a su pueblo, porque nuestra bandera siguiera ondeando libre y soberana. Y ese pasado es imprescindible conservarlo.

Enrique Carreras Rolás, el general de División –quien participó activamente en los combates contra la invasión de Playa Girón, derribando dos aviones bombarderos B-26 y bombardeando dos barcos enemigos: el Río Escondido y el Houston– estaba hablando con esta periodista como el más común de los mortales. El hombre que, según algunas fuentes consultadas, cuando en 1988 dijo adiós a la cabina contaba con alrededor de 10 000 horas de vuelo.

Ya es abril y desde esa aplastante derrota a los yanquis, cada año hay una jornada por la Victoria de Playa Girón. Es abril y admiro la modestia de Carrera Rolás, pero aún no logro imaginar la cara del hijo cuando su padre le confesó que era real lo leído por la maestra.