Foto: Francisco Blanco


A simple vista lucía como un oficinista sacado de las mejores series. Su atuendo, perfectamente planchado. Zapatos que parecían un espejo y un portafolio en el que supuse llevaba la documentación que definía la sostenibilidad de una empresa. Lo seguí con la mirada y observé cómo saludaba a todos los que pasaban por su lado, preocupado, además, por la salud de muchos de sus conocidos. ¿Será doctor?, me pregunté.

Lo vi entrar a la peluquería donde pacientemente esperaba mi turno. De pronto, aquel hombre extrajo del “misterioso” maletín todo tipo de medicamentos, esos que muchas veces mi madre necesita y que, a pesar de ser prescritos por su médico (y por el tarjetón), casi nunca logra encontrar.

En el mes de febrero de 2018, en La Habana, se puso en circulación un nuevo modelo de recetas médicas con el propósito de “fortalecer el Programa Nacional de Medicamentos, velar por el funcionamiento adecuado de los Servicios Farmacéuticos y enfrentar los delitos e ilegalidades”, además “se decidió modificar el anterior modelo oficial de receta médica e implementar uno nuevo al que se le añade, por primera vez, un cuño institucional para uso exclusivo de la receta, (…)”.

La medida pareció inteligente, justa, certera. Y hablo en pasado porque ¿cuántos hombres o mujeres con portafolios “misteriosos” no venden medicamentos en la ciudad? ¿Cómo es posible que al siguiente día de la llegada de estos a la farmacia (al menos en la mía) ya no estén en existencia? ¿Cómo se controla, según el nuevo modelo de recetas? , mejor pregunto ¿quién fiscaliza y cómo?

Lo que no se encuentra en una farmacia o mercado, se debe buscar en la calle. ¿Es esa la teoría que debemos asumir? Anhelo respuestas que expliquen, las oficiales y las de la calle. Solo quiero entender…