Foto: Roly Montalván

Sin interés alguno en servir, y remarcado con cara de pocos amigos, la dependienta pasa por la caja registradora los productos que le solicito. Al momento de pagar viene lo de tantas veces: “No hay vuelto, mira a ver si tienes algo más chiquito”, dice tajante. La solución más rápida que encuentro es pedir otras cosas, si bien no muy necesarias en ese momento, al menos me permitirán llevar lo deseado.

Son las diez menos cuarto de la mañana y pienso en cómo ella traspasa la ineficiencia de aquel establecimiento, donde lo mismo falta cambio para los clientes, entregan las compras por un lado y las jabas– ¡había jabas!-, por otro, o también nos supeditan a las molestias del entra y sale de mercancías -el lugar es bien pequeño-, hasta que finalmente el almacenero traza la solución de su conveniencia, cuando emite aquel sonoro y descompuesto “Niña, párame la venta, pa' ver si termino lo mío”.

Y nosotros a la espera, que ahora se torna más tardía con la llegada de los seriecísimos y bien armados muchachones de Trasval, para cumplir su encomienda de recoger el dinero del turno.

Entre irme con tanta irritación por dentro, o expresarle a la responsable mis insatisfacciones, elijo esta última. Que si ella es sola y está en mil cosas, que debí haberla buscado al momento y otros más, fueron sus argumentos.

Unas cuadras más allá, la vidriera de un Bodegón pone a la vista del transeúnte no pocos surtidos. No está de más echarle una ojeada, pues siempre podemos hallar algo que precisamos, pero otras cuestionables realidades vuelven a superponerse sobre los deseos de sentirnos bien atendidos.