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Privilegio de elegidas

Por María Elena Pacheco

Cifras estimadas apuntan que en esta ciudad convivimos dos millones ciento ochenta y nueve mil setecientos dieciséis habitantes. De ellos, el 52,5 de la población capitalina es mujer: ¡SOMOS UN MILLÓN CIENTO CINCUENTA MIL CINCUENTA Y SEIS!.

Todas echando la rutina a las espaldas y acicalando a una capital vanidosa por ese escote azul que le ofrece su bahía y que pasea al futuro con la arrogancia de las que andamos en tacones, seguras de los encantos.

La Habana es una ciudad mujer médica, enfermera, periodista, científica, internacionalista, dirigenta, abuela, niña... retribuyendo cotidianamente a Clara Zetkin, aquella voz en Copenhague y los derechos que nosotras mismas disputamos en la alborada de enero.

Con justa fascinación mirarán los hombres a las mujeres que hoy desafían la brisa con un traje de constructora o como centinela de la Patria, y a las que cada día se empeñan en borrar los  límites y dudas.

Ella es tentación a todas las virtudes, a la voluntad, ella no cree en imposibles; es  jardín, milagro, azar, capricho, guitarra, parto y empeño.

Qué anacronismo puede haber en una frase sobre la que han cabalgado dos siglos de cortesía martiana: "Vi en la tierra esmeraldas, donde hay mariposas azules, vi palmas, donde hay tristezas; vi diamantes, para lección del mundo, allí donde es mucho el carbón; pero nunca vi maravilla tan grande como la mujer cubana". ¿Quiénes de los que componen el millón treintinueve mil seiscientos sesenta de los hombres de esta ciudad, se atrevería a desmentirlo?



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Así lo dijo
el Maestro:

Mujeres