Ha llegado para quedarse el fenómeno del “reality” en Cuba, contextualizados y llenos de la veta criolla que nos hace únicos e interesantes, desde los ya esperados y populares Sonando…, y Bailando en Cuba, hasta la más reciente y atrevida propuesta: La Banda Gigante, todos bajo el sello comercial de RTV, empeñada en hacer del arte y la cultura un producto que roce los límites de ser rentable y poéticamente aceptable.

Es admisible y hasta plausible combinar en una fórmula llena de frescura y novedad; historia, raíces y acervo, en función de un televidente exigente. Reconozco en la nueva propuesta secciones inclinadas al reconocimiento cultural sin vanidades ni protagonistas que suelen predominar en estos espacios televisivos. En varias ocasiones me he visto atrapado en viajes hacia pasajes didácticos llenos de espíritu popular.

Presentadores y jurado se han superado en el corto tiempo de esta primera edición de La Banda Gigante, supliendo vacíos técnicos y epistemológicos que afloraron en menor escala al principio. La dirección de arte cumple firme su pretensión de dialogar con una visualidad refinada y bien pensada. Todo lo anterior acompañado de la promoción exacta y directa, sin banales estrategias contemplatorias como plagar las redes sociales de dramas de vida.

Los concursantes por su parte cuentan con la disciplina y preparación que engalana a nuestros músicos. Cada gala es una muestra de talento e histrionismo respectivamente. Resaltan la diversidad y marcada personalidad de cada uno, sin sobresalir ni crear estrellas fugaces.

Llegamos al punto casi definitorio de la competencia. Entonces salen cual recuento ganancias vivenciales y cognitivas. Los públicos ya tienen sus favoritos y queda esperar con curiosidad el resultado final.